Esta es la primera carta que La Pira le escribe al papa Juan XXIII, el día después de haber sido elegido. La Pira conocía desde hacía tiempo al cardenal Roncalli y había ido a visitarlo varias veces cuando era patriarca de Venecia.
Puesto que sabía de su sensibilidad, especialmente de cara a las Iglesias de Oriente, La Pira tenía mucha confianza en él. A quienes decían que el recién elegido era un anciano purpurado, destinado a ser un «Papa de transición», él les repetía: … ya veréis, ¡este hombre cambiará el mundo y la iglesia!
Ya en esta carta escribe:
[…] En esa señal amplia, afectuosa, augural, de la cruz, estaba toda su esperanza y todo su programa, Santísimo Padre. Una esperanza y un programa indicados también por el nombre que ha adoptado: Juan XXIII.
Una esperanza y un programa que se expresan con otros dos nombres: unidad y paz, ¡tanto para la Iglesia como para las naciones!
En Florencia lo dijimos enseguida: la adopción de ese nombre es como una mirada de inmensa caridad lanzada a la Iglesia en toda su «extensión»: a Oriente y a Occidente, a los miembros unidos y a los miembros separados del único Cuerpo de Cristo.
Y no sólo eso: ¡es también como una mirada de inmensa caridad lanzada al cuerpo entero –por desgracia todavía descompuesto‒ de los pueblos y de las naciones!
[…] Lo cierto es que se ha abierto una gran esperanza en nuestros corazones: una esperanza que es como un arcoíris que se extiende de un extremo del mundo al otro.
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