Tienen un único derecho

 

Discurso en el Consejo Municipal del 24 de septiembre de 1954

 

[…] No puedo darles otros detalles sobre este punto, pero una cosa es segura: si el sistema industrial y comercial florentino no se ha desmoronado, si las rentas de los industriales y de los comerciantes no han bajado sino que han aumentado y mucho, si la renta global de la ciudad no ha quedado gravemente herida sino que, al contrario, ha subido considerablemente, si el desempleo no se ha vuelto algo terrible, la causa se debe, señores, a los dos hechos de los que les he hablado: ¡los doce mil millones de inversión que he procurado y mi intensa y eficaz defensa del sistema industrial!

Pero entonces, ¿por qué dimitir? ¿Hay otras causas? Veamos: ¿tal vez la requisa de viviendas –viejas villas deshabitadas y viejos pisos‒ para poner remedio a la oleada de desahucios? Pero señores, yo les digo, quienesquiera que sean: ¿si fueran desahuciados ustedes? Si un agente judicial les echara a la calle a ustedes, a sus esposas, a sus hijos, sus muebles, ¿qué harían?

Si su renta fuera, por ejemplo, de 30.000, 40.000 ó 50.000 liras al mes, ¿cómo harían para procurarse una casa por la que se paga 20.000 ó 30.000 liras al mes de alquiler?

Díganme, ¿cómo lo harían? ¿Saben cuál es el número de desahucios del que nos hemos tenido que ocupar en estos tres años? ¡Si les digo 3000 no es un número excesivo!

Pues bien, se lo ruego, señores concejales liberales, ¿podrían permanecer indiferentes ante esta marea que se está volviendo desesperante para quien se ve afectado por ella?

En una comunidad de ciudadanos no brutal sino humana, ¿es posible dejar sin solución un problema tan dramático por su improrrogable urgencia?

¿Es posible que un alcalde, sea del partido que sea, se quede indiferente ante tan crudo sufrimiento?

Repito, si les ocurriera a ustedes, si los desahuciaran y no estuvieran en condiciones de poder pagar 20.000 liras de alquiler al tener una renta de 40.000 ó 50.000 liras mensuales, ¿qué harían?

Y sin embargo esta ha sido una de las causas que más les ha irritado, señores concejales liberales: ¡ha requisado las casas, qué grave culpa!

Pero, ¿qué tenía que hacer? ¡He tendido una mano de esperanza –basándome en una ley, después de todo‒ a muchas familias pobres y desesperadas!

Casas viejas, villas viejas: medidas de emergencia, ¡como se hace cuando el río se desborda y la inundación obliga a las autoridades a tomar las medidas necesarias! 

[…]

Uno no se equivoca nunca cuando lo hace por exceso de generosidad y de amor: ¡en cambio se equivoca siempre cuando lo hace por falta de comprensión y de amor!

Y por último, señores concejales, ¡se me acusa de tomar iniciativas personales sin acuerdos previos con la Junta!

¿Cuáles? No he tomado ninguna iniciativa que no formara parte de mis derechos, mis deberes y mis responsabilidades como alcalde. 

¿Se alude tal vez a mis intervenciones por los despidos y los desahucios y por las demás situaciones en las que se requería la intervención inmediata, ágil y activa del máximo dirigente de la ciudad a favor de los más humildes, y no sólo de ellos?

Pues bien, señores concejales, se lo declaro con firmeza fraternal pero decidida: de cara a mí tienen un único derecho, ¡el de negarme su confianza!

Pero no tienen derecho a decirme: señor alcalde, no se interese por las criaturas sin trabajo (despedidos o desempleados), sin casa (desahuciados), sin asistencia (ancianos, enfermos, niños, etc.).

Este es mi deber fundamental; un deber que no admite discriminaciones y que se deriva antes que de mi posición como máximo dirigente de la ciudad –y por lo tanto de la única y solidaria familia ciudadana‒ de mi conciencia de cristiano: ¡aquí está en juego la sustancia misma de la gracia y del Evangelio!

Si hay alguien que sufre yo tengo un deber concreto: intervenir de todas las maneras con todas las disposiciones que el amor sugiere y que la ley proporciona, para que ese sufrimiento disminuya o se mitigue. 

¡No hay otra norma de conducta para un alcalde en general y para un alcalde cristiano en especial!

¡Luego será mejor que hablemos claro sobre este punto, señores concejales! Repito, ustedes tienen un derecho de cara a mí, el de negarme su confianza, decirme con claridad fraterna: señor La Pira, ¡usted tiene demasiada fantasía y no encaja con nosotros! Y yo se lo agradeceré: porque si hay algo a lo que aspiro con toda mi alma es regresar al silencio y a la paz de la celda de San Marco, ¡mi única riqueza y mi única esperanza!

¡Y tal vez que decidan eso sea lo mejor, amigos! Yo no estoy hecho para la vida política en el sentido común de esta palabra: no me gustan las pillerías de los políticos ni sus cálculos electorales; me gustan la verdad, que es como la luz, y la justicia, que es un aspecto esencial del amor; me gusta decir a todo el mundo las cosas por su nombre: a lo bueno bueno y a lo malo malo.

¡Un hombre así no debe seguir más en la vida política que exige –o al menos se cree que exige‒ otras dimensiones tácticas y pillas! Pero si quieren que me quede todavía hasta el final de su viaje, entonces no pueden más que aceptarme como soy: sin cálculos, con el único cálculo del que habla el Evangelio: ¡hacer el bien por el bien! ¡Ya pensará Dios en las consecuencias del bien hecho!

[…]

Y no puedo acabar sin darles un aviso fraterno: ¡les pido a todos, por amor a Dios, que no me hieran con la mentira y la injusticia!

Repito: ustedes tienen derecho a negarme su confianza, con lo que me liberarían de mis pesadas responsabilidades; ¡pero nadie tiene derecho a injuriarme! Nadie tiene derecho a obstaculizar con la mentira, a propósito, la navegación ya tan fatigosa que nos ocupa. 

Por si alguien tuviera intención de hacerlo, me permito hacer notar una cosa de extrema seriedad. Y es esta: los hombres investidos de alguna responsabilidad pública –cuando esas responsabilidades no hayan sido buscadas y apunten, por amor a Dios, al bien y a la paz de todos‒ son portadores de una investidura misteriosa y sagrada.

Vuelvan a leer al respecto, señores, las páginas severas y de aviso del Antiguo Testamento.

El Señor mismo es la fuerza y el refugio de estos hombres, que no confían ni en la potencia ni en el dinero ni en la pillería: confían solamente en Dios. 

¡Y Dios es la fuerza misteriosa que bate, indistintamente, a todos aquellos que se oponen a sus proyectos de amor y paz! Aflligam afllingentes te et inimicus ero inimicis tuis. 

Señores concejales, estas palabras, estas tesis, no son mías: son palabras inspiradas en tesis inspiradas. El mismo Dios las ha legado en las páginas y en los textos del Antiguo Pacto. 

Y este es el aviso fraterno que les doy: ¡un aviso cuya eficacia misteriosa he podido comprobar en mi larga y dura experiencia! Mi deseo para todos ustedes en este día de septiembre dedicado a la festividad de María, el de la Merced, es que todos juntos, sin distinción de partido, miremos por el bien de esta incomparable ciudad nuestra, que es para el mundo como un faro de belleza y esperanza. 

Que Florencia nos una: y en nombre de Florencia y de la misión de Florencia en el mundo, ¡todos juntos podemos encontrar un punto de convergencia y una esperanza eficaz de fraternidad y de bien!

 

Santa María de la Merced, 24 de septiembre de 1954