Ser en el mundo el misionario del Señor

 

Abril de 1931

 

Mi muy querida tía:

Me ha llegado su carta a la que contesto con no poco retraso. No fui para la conferencia de Catania a causa de una suspensión de los encuentros universitarios ordenada desde Roma. Ahora está planeado –o mejor, es seguro‒ que vaya el 18 de junio, periodo en que tendré que dar una conferencia en Messina con motivo de las solemnes celebraciones del centenario de san Antonio de Padua, organizadas por los orfanatos del canónigo Di Francia.

Me han escrito justo en estos días y no he sabido ni creído que debiera decir que no. Estas ocasiones para divulgar la palabra del Señor me surgen cada vez con más frecuencia, y es para mí sublimemente hermosa esta propagación del bien que el Señor me confía. Trabajar por la acción católica, trabajar para la Iglesia en su labor de apostolado y de caridad espiritual y material se ha convertido en la exigencia fundamental de mi vida. Aprovechar todas las circunstancias que me den la ocasión de proclamar al mundo, que la ha olvidado, la dulce verdad de Jesucristo, de un Dios hecho hombre y muerto después en la cruz por nosotros, es una obra que conmueve profundamente mi alma. 

Y quisiera que el fuego que arde en mi alma ardiera en las demás, a fin de que el Cielo y el júbilo moraran finalmente en las almas.

¡Le aseguro que la vida cristiana es tan hermosa! Hace que nos convirtamos en ángeles sobre la tierra: es más, como dice san Pedro, ¡en un espectáculo para los mismos ángeles! Y es de entender: si el mismo Jesús habita en nuestras almas, siempre vivas por Su amor, ¿cómo no van a adquirir esas almas ante los ojos de Dios un valor tan preciado?

¡La vida sobrenatural que fluye en nuestros corazones hace que estemos constantemente serenos y confiados y abre en el alma una vena de poesía y de candor que nos transforma realmente en flores del Señor! Muchas veces digo: Dios mío, cuánto bien me has hecho, a mí que no era digno de ello, y a menudo mis pupilas se llenan de lágrimas de gratitud.

Cuando veo el cuadro de mi vida, la línea de la divina misericordia se me aparece con claridad: ¡qué profunda transformación en pocos años! Y todo ha sido obra exclusivamente de la gracia.

Mi estado actual se expresa con una única palabra: soy un libre apóstol del Señor feliz de amar y de proclamar su inefable belleza y misericordia.

Bajo este aspecto tal vez sea acertado el adjetivo «perdido» que usó con relación a mí: es cierto, hay en mí un corazón que se ha ido expandiendo hacia todos los hermanos; hay como un deseo de paternidad sobrenatural que nos hace generar hijos del Señor mediante la palabra y la obra. 

No cabe duda de que el Señor ha puesto en mi alma el deseo de la gracia sacerdotal; mas es Su voluntad que siga llevando mi hábito laico para trabajar con mayor fecundidad en el mundo laico lejos de Él. Con todo, la finalidad de mi vida está claramente marcada: ser en el mundo el misionario del Señor; y esta labor de apostolado he de llevarla a cabo en las condiciones y en el ambiente en que el Señor me ha situado.

Aquí soy presidente de una Conferencia de San Vicente de Paúl, en la que hay muchos jóvenes que se reparten cada semana por la ciudad como portadores de consuelo y ayuda. Visitamos a los enfermos y a los pobres, y nos ejercitamos en la belleza de la verdadera y sobrenatural fraternidad de Jesús.

Pero luego, ¿todo esto es realmente una pérdida o una ganancia? Yo opto por lo último: si el sacrificio que hace usted de no verme más que muy raramente se ve compensado por obras de bien, ¡qué agradecido le estará el Señor!

Me alegro por las noticias que me ha dado de Adele. Le ruego que continúe insistiendo sobre este punto: haga que se acostumbre a comulgar todas las semanas. A ella esta práctica le hará un bien enorme y usted tendrá ocasión de darse cuenta de ello pronto. Le encomiendo con toda el alma que no deje de comulgar los domingos, nunca; no recibir a Jesús es el mayor tesoro que podamos perder. Si Jesús es su compañero de adolescencia, le garantizo que Adele conseguirá todo lo que se proponga, pero sin Jesús no se consigue nada. Ahora que el mes de mayo está al caer, ¿por qué no la acompaña alguna vez usted misma –por ejemplo a Pompeya‒ ante los pies de María? La Virgen tiene mucho que decirles, y no estaría mal que le pidieran que les aconseje y les reconforte. Cuando pienso en su condición y en la del tío se apodera de mi alma una cierta amargura, y me digo a mí mismo: ¡el Señor me concede la proximidad a los sacramentos para tantas almas y luego va y la resistencia más fuerte me la he de encontrar precisamente ahí donde es más caluroso el afecto familiar! Pero no me desmoralizo: ¡confío en que el Señor será siempre el vencedor y en que llegará la aurora que presenciará un nuevo milagro en la gloria del Señor!

Dele un cariñoso abrazo al tío de mi parte y dígale que no dejo de hacer por él lo único que me es posible hacer: ¡rezar! Que Jesús bendito mire por él y lo estreche dulcemente.

Dele un beso a Adeluzza, a Pierino, a la tía y al tío. A usted, le deseo todo el bien del mundo.

Con todo mi afecto en el Señor,

Giorgio