A PioXII-la revoluciòn copernicana en la economia

 

Santísimo Padre:

[…] 

El punto de partida de esta carta mía no pueden ser más que sus palabras, tan precisas y luminosas: «la Italia concebida por Dios como la tierra en la que quiso que tuviera sede el centro de Su Iglesia fue objeto, así como de un especial amor, de una más que especial acción por Su parte. Porque ningún pueblo tiene, como tiene el pueblo italiano, un destino conjunto con la obra de Cristo» (discurso al pueblo de Le Marche).

Así pues, la vocación y la misión de Italia en este punto tan determinante de la historia de las naciones –mientras se está generando y edificando un nuevo universo de las naciones‒ están definidas marcadamente por el mandato del Señor: vos lux mundi! ...luceat lux vestra coram hominibus ut videant opera vestra bona et glorificent Patrem vestrum qui est in coelis.

[…] Santísimo Padre, ¡qué finalidad, qué vocación y qué misión para un pueblo y una nación cuyos destinos han confluido tan íntimamente con la obra de Cristo! Pero entonces, ¿qué hacer concretamente para responder a esta finalidad, a esta vocación, a esta misión?

¿Cómo hacer que la luz de Cristo penetre en las «estructuras» de la nación? ¿Cómo estructurar, por lo tanto, la vida política (luego la económica, la técnica, la social, la cultural, etc.) para que pueda absorber y reflejar a la vez la luz de Cristo sobre el mundo de las naciones?

Éste es el problema.

Las próximas elecciones italianas y la próxima vida política italiana se deben plantear desde esta perspectiva: la vocación y la misión de Italia en la edificación del nuevo universo de las naciones (naciones de África, Asia, etc.).

Pues bien, Santísimo Padre, una operación que hay que llevar a cabo rápida y decididamente es la que concierne a las estructuras de nuestra economía y las consecuentes estructuras del mundo laboral en Italia. Santísimo Padre, un pueblo y una nación cuyos destinos están tan ligados a la obra de Cristo; un pueblo y una nación destinados a jugar un papel tan esencial en la edificación del nuevo universo de las naciones (pensemos en el Mediterráneo, en las naciones árabes, en los países de África y Asia), no puede dejar que sus estructuras económicas (y sociales y políticas) sigan estando tejidas según los principios anticristianos y antihumanos del liberalismo. Las enseñanzas de la Iglesia hablan claro: desde León XIII hasta Pío XI (¡la gran encíclica Quadragesimo anno!) o Pío XII, ¡la condena del liberalismo económico (y no sólo económico) es extremamente clara y decidida!

La parte tóxica de la civilización, la causa del comunismo, está expresada y contenida en este tejido de «normas liberales» que tienen sus raíces en el bellum omnium contra omnes (¡homo homini lupus!). Ya sabe, Santísimo Padre, ¡la fuerza verdaderamente demoníaca del dinero concentrado en pocas manos! Piense en el destino de los trabajadores en Italia, en la estabilidad de su trabajo y de su pan: su porvenir sigue estando exclusivamente en manos de estos patrones «anónimos» que disponen sin control alguno del destino de sus empresas. Una empresa cierra, 2000 operarios son despedidos: ¿quién controla? ¿Quién da garantías y hace justicia? Nadie. El trabajo, la cosa más valiosa del hombre ‒después de la oración y la vida interior‒, ¡está en las manos incontroladas (a menudo avaras e impuras) del «patrón»! La empresa cierra, los operarios son despedidos, la economía nacional queda herida, la paz social se ve turbada; las familias se disgregan, la fe religiosa se debilita o se pierde: ¿quién controla? ¿Quién garantiza? ¿Quién juzga? ¡Nadie!

Santísimo Padre, todo esto no son sueños: ¡es la severa realidad de todos los días! ¿Por qué existe el comunismo? ¿Por qué el socialismo florece y seguirá floreciendo? Las respuesta (o casi toda) está en las situaciones que le describo: está en esta «situación liberal y capitalista» que todavía domina en Italia y que trae consigo un profundo malestar en el mundo obrero. 

La casa no es una certeza, el puesto de trabajo no es una certeza, el pan no es una certeza: esta incertidumbre radical, estructural, de las cosas esenciales para la existencia cotidiana (el pan de cada día) es la primera causa que genera la protesta de los obreros y su adhesión a los partidos de izquierdas mediante el voto. 

Santísimo Padre, cuando don Sturzo escribe sus artículos en el Giornale d’Italia (¡!) –artículos abstractos, escritos por alguien que no conoce más que su despacho y ciertos «esquemas mentales» tomados por principios‒ sentimos una amargura profunda. Pero no existe, no existe y no existe, ese «libre mercado» al que siempre recurre, ¡como si fuera un principio teologal! No es cierto teóricamente y no existe en la práctica: lo que sí existe en la práctica es el triste fenómeno del desempleo y de la incertidumbre del empleo. Dos hechos que se deben esencialmente a la estructuración liberal de la economía y de las finanzas. 

[…]¿Qué hay que hacer? Decidirse a cambiar la cara liberal de nuestra economía, que no es «personalista», sino individualista: va en contra del bien común que es la norma que inspira la ética social cristiana (y natural a la vez). 

Usted mismo lo ha dicho precisamente en estos días: a estas alturas «no hay movimiento político o social alguno cuyas estructuras no se basen de alguna manera en esta concepción ‒por así decir‒ comunitaria del Estado y del mundo» (26 de abril de 1958). ¿Entonces? ¿Cómo es posible que la economía italiana, que la economía y las finanzas, sigan estando estructuradas según normas equivocadas desde el punto de vista filosófico y teológico, según normas igual de erradas aun desde el punto de vista estrictamente económico? Normas obsoletas, más que superadas por los nuevos y vitales esquemas de la economía «copernicana», por así decir, que es una economía experimental y con una finalidad (el pleno empleo).

[…]

Santísimo Padre, ¿por qué le escribo estas cosas precisamente hoy? ¡Porque san José, patrón de la Iglesia, nos tiene que ayudar y mucho!

¡Tiene que ayudar a esta gran patria nuestra donde la parte tóxica, anticristiana, del liberalismo más ruin y egoísta es aún tan abundante y está tan arraigada en el organismo dirigente de la nación!

¡Creen –y estamos hablando hasta de altos cargos de Acción Católica‒ que existen realmente, casi como si fueran leyes naturales y de origen divino, las llamadas «leyes» de la economía liberal! Creen en Ricardo, en Bastiat, en Malthus, ¡en la «ley de bronce de los salarios» y demás!

¡Da una pena inmensa esta ignorancia que no es sólo de naturaleza teológica y filosófica, sino también de naturaleza específicamente técnica y económica!

Estos dirigentes no estudian, no experimentan, tienen unos esquemas mentales más viejos que viejos: son «ptolemaicos» en pleno periodo «copernicano».

Por desgracia las consecuencias de esta ignorancia son graves para la sociedad y para la Iglesia. ¡Porque es aquí donde está, en sustancia, la raíz del comunismo! Erradicar el mundo liberal; erradicar los principios liberales; erradicar la mentalidad liberal; dar un sentido cristiano, «comunitario», a la sociedad, a la nación, al mundo. No hay otro camino para erradicar el comunismo. 

Y se trata de un fenómeno de dimensiones mundiales, y que requiere intervenciones decisivas y prontas. 

[…] Santísimo Padre, ¿qué tenemos que hacer? Ite ad Joseph: ¡por eso le escribo en esta festividad significativa y augural! La civilización auténticamente cristiana es la que pertenece al tipo de «Nazaret», al de san José: es decir, aquella para la que es sagrada la casa y es sagrado el puesto de trabajo. Porque en la casa está Jesús, y en el puesto de trabajo está Jesús, con María y José. 

Estos valores sagrados han de ser devueltos a los hombres, no han de destruirse por una concepción del mundo –la liberal‒ que ignora el misterio de la gracia, de los sacramentos y de la Iglesia, y que es atea y materialista como es atea y materialista la concepción comunista que ha surgido de ella, como el fruto de la semilla, como el efecto de la causa.

Nosotros, Santísimo Padre, ¡lucharemos sin tregua contra este cáncer social que ha «secularizado» la civilización y la ha conducido al borde del abismo!

Que san José y nuestra dulce Madre María nos ayuden, y denos usted su bendición paterna, Santísimo Padre.

Filialmente,

La Pira