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a Pio XII- La primavera de la Iglesia y de las Naciones

 

 

Santísimo Padre:

Teníamos pendiente la relación de mis viajes a Palestina, Francia y Bélgica. Sigo dejando para más adelante la visita a Jordania e Israel (¡esa tierra misteriosa es realmente la «terraza» del mundo!) y me detengo en Francia y Bélgica.

Pero antes que nada permítame que le diga: ¡qué discurso dio anteayer! ¿Se lo puedo decir con la espontaneidad y el afecto de un hijo? Bajo ciertos aspectos, es el discurso más luminoso que ha dado, tal vez, durante todo el fatigoso y doloroso camino que ha recorrido; el discurso de la esperanza celeste y terrenal; la invitación misma de Jesús: ¡levate oculos vestros et videte: regiones jam albae sunt ad messem! 

Ha nacido una estrella de Jacob realmente, y la juventud del mundo entero, de todas las naciones, a la que se dirige ese discurso, puede hacer suyas las palabras del salmista: ¡haec est generatio quaerentium eum querentium faciem Dei Jacob! 

Sí, Santísimo Padre, ha llegado una época nueva, una estación nueva, para la historia de la Iglesia y de las naciones: ¡la estación de las «génesis» de los pueblos y las naciones que buscan al Señor! Estos espectaculares movimientos históricos de nuestro tiempo –la génesis histórica de los pueblos de Asia y de África‒ hace del momento histórico presente una auténtica primavera: gestaciones fatigosas pero repletas de promesas están teniendo lugar en el «fondo» de la historia actual. Sólo se puede comparar con la Edad Media –¡y no de manera adecuada!‒ el periodo histórico presente, ¡destinado a dar movimiento y poner cara a los siglos futuros y a la historia futura!

¿Y la Iglesia?

Santísimo Padre, todas las falsas luces se han apagado en el mundo; todas las ideologías se han acabado; todas las esperanzas «terrenales» se han marchitado. En medio de esta gigantesca crisis histórica que ha arrasado con todo y todo lo ha barajado y medido, ha quedado, más luminosa que antes, la ciudad sobre el monte, la vela sobre el candelero, la belleza sin sombras: ¡la Iglesia de Cristo!

¡Surge illuminare Jerusalem! 

Desde todos los rincones de la tierra, desde cada punto de la historia, se mira hacia esta ciudad colocada sobre el más alto de los montes para dar luz, gracia, consuelo y esperanza a todos los pueblos, a todas las ciudades, a todas las naciones, a todas las civilizaciones, a todos los tiempos.  

Se mira hacia esta ciudad de Dios, adoradora, contempladora, testigo del Dios viviente: ¡fuente de la única agua capaz de dar vida y frescura, prosperidad y paz, elevación y esperanza, al género humano!

¿Exageración? ¿Retórica? No: ¡realidad!

¡Cuanto más lejos se está de Italia más se mide la inmensa grandeza de esta luz y de esta esperanza! 

Los pueblos lejanos –¡como las islas lejanas de las Sagradas Escrituras!‒ miran a la Iglesia como se mira el faro de la esperanza: ¡la Iglesia, madre de los pueblos, generadora de las naciones!

En mis entrevistas con los representantes de los pueblos negros del África francesa me di perfectamente cuenta de todo esto: esos pueblos aspiran a la independencia política, pero quieren seguir siendo fieles a la Iglesia y a la civilización cristiana de Occidente, mirando a la Iglesia como a una «garante», como los adolescentes miran a su madre: la madre que los ayudará a dar sus primeros y fatigosos pasos; la madre que les abrirá las puertas de la responsabilidad, de la libertad, de la historia; ¡que los mirará con amor durante la experiencia nueva para ellos de participar activamente en la edificación de una civilización nueva en el mundo!

Santísimo Padre, ellos –estos pueblos «de color»‒ se esperan de usted otra bendición: piensan que su amor paterno hacia ellos puede obrar el «milagro» que se esperan, o sea, ¡que las naciones cristianas de Europa pongan su confianza en ellos y echen abajo las últimas barreras de un régimen –el colonial‒ que se ha acabado para siempre!

Estas son las conclusiones a las que he llegado tras mis contactos con estos jóvenes negros: jóvenes de alto valor intelectual y moral, en su mayoría católicos, ¡pero necesitados de ver cómo la levadura de la gracia se convierte en el fermento creador de las estructuras de la tierra y del mundo!

Sí, Santísimo Padre: ha empezado una primavera para la historia de las naciones. La casa del mundo y de la familia de los pueblos se está enriqueciendo con nuevos y gigantescos valores. Innumerables pueblos, innumerables naciones están a las puertas de la historia; esperan recibir un doble bautismo: el bautismo de Cristo, que es un bautismo de gracia y de civilización a la vez. 

Si usted, Santísimo Padre, dirige otras palabras de esperanza a estos pueblos, ¡su palabra será acogida como agua de gracia, fecundadora de vida, de prosperidad, de paz!

Y a propósito de estos jóvenes negros, permítame que le adjunte una carta que me entregaron en París (acerca de la asistencia religiosa de estos jóvenes). 

Pasemos ahora a Bélgica, donde estuve justo la semana pasada. Di una charla en Bruselas (con el padre Danielou, en las Grandes Conférences Catholiques, estaba el nuncio), en Lovaina (asistió el rector y una enorme multitud de estudiantes) y luego visité las grandes abadías de Brujas y Maredsons y a los carmelitas de Metagne y de Bruselas. 

¿El tema?

Santísimo Padre, es como si el Señor me hubiera hecho presentir su discurso: justamente dije –¡y casi con sus mismas palabras!‒ las cosas que usted les dijo a los jóvenes. Dije precisamente que estábamos en un «límite» de la historia, es más, ¡que el límite máximo de la crisis se había superado y que, una vez acabadas todas las experiencias negadoras, las grandes esperanzas de Dios y del hombre volvían a florecer en todo el espacio de la tierra!

Benedixisti Domine terram tuam, avertisti captivitatem Jacob. Los grandes valores de la adoración de Dios, de la contemplación de Dios, vuelven a florecer en las almas y en las ciudades. Las generaciones nuevas alzan su mirada hacia la belleza creadora de la Jerusalén eterna: ¡quae sursum est, mater nostra!

Las tres dimensiones de la ciudad de Dios (la altura de sus valores, la longitud de su historia y la anchura de su irradiación) vuelven a aparecer como las dimensiones auténticas de la ciudad del hombre. 

¿Nueva Edad Media? Poco cuentan las palabras, lo cierto es que la civilización se vuelve a caracterizar por los valores de la oración; vuelve a estar definida por la primacía del primero y máximo de los mandamientos: ¡escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor!

En palabras de santo Tomás: Summum quidem et perfectum bonum hominis est Dei fruitio

¿La acogida? Para su conocimiento: en Bruselas estaba el nuncio; en Lovaina el rector magnífico; y luego están los testimonios de la prensa, ¡un entusiasmo sin medida! ¡Digitus Dei est hic! Porque, entre otras cosas, ¡el francés que hablaba yo no era para nada literario!

¿Conclusión? Estamos siempre en lo mismo, Santísimo Padre. Jericó ha caído, sus murallas inexpugnables han sido derribadas, y el Israel de Dios reanuda su avance hacia la tierra prometida. ¿Cuál? El inmenso espacio de los nuevos pueblos y naciones a los que la Iglesia debe hacer llegar la luz del Verbo a fin de que sean llamados a construir una nueva historia cristiana y una nueva civilización cristiana de inmensas proporciones. 

¿Ilusión? ¿Utopía? No: realidad, historia. Como fue realidad e historia la acción creadora de la Iglesia en los albores de la Edad Media y de la Edad Moderna (descubierta por América, desgraciadamente durante la crisis protestante). 

Santísimo Padre, estas cosas que escribo son el fruto –en cierto sentido‒ de una experimentación singular: ¡son el resultado de experiencias que me ha sido posible vivir en Florencia y en el mundo! Ya se sabe que cada uno ve las cosas según la luz y la antorcha que posee, y nuestra luz y nuestra antorcha son las del Señor: ¡lumen semitis meis Verbum tuum Domine! 

Y son reflexiones y experimentaciones que usted ha confirmado ahora: ¡su palabra es profética, proyecta luz y esperanza sobre el camino del porvenir y sobre la historia futura del mundo!

Este es, Santísimo Padre, el «balance» de mis últimos viajes. Sigue quedando pendiente el de los primeros. 

Usted me perdonará, Santísimo Padre, por las cartas tan largas que le escribo. Pero es que no puedo dejar de decirle las cosas que he visto, las cosas que he oído. Jesús también les preguntaba a los apóstoles: ¿quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Deseaba saber a través de los apóstoles (aunque lo supiera por sí mismo) lo que decían los hombres sobre Él.

Usted lo mismo, Santísimo Padre, al ser el vicario de Jesús y su «portavoz».

¿Qué dicen de la Iglesia? ¿Qué dicen de Cristo? ¿Qué dicen del vicario de Cristo?

Ya sé que las voces «muertas» no faltan; pero están muertas, ¡deje que los muertos den sepultura a los muertos!

Son como las del areópago de Atenas: voces vanas, voces académicas sin influencia –¡con poca influencia!‒ en la historia auténtica de hoy en día.

Las voces «vivas» son otras, responden (unas veces con claridad y precisión, otras con contornos teológicos inciertos y lenguaje impreciso, ¡pero con amor atento!): ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!

Este es mi deber, Santísimo Padre: ver, oír y transmitir a Cristo las cosas que he visto y oído.

Tenga la bondad, Santísimo Padre, de llevarme en su corazón y de bendecir con afecto paterno mis deseos y mis esperanzas de gracia y de bien. 

¡Rece un Ave María a la Virgen por mí!

Suyo en Cristo,

La Pira

 

San Benedicto de 1958

 

El Giornale del Mattino de Florencia le ha dedicado a usted hoy toda la primera página, se lo mandamos aparte. Y les mandamos a todos los monasterios de clausura una copia de su discurso.