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a Pio XII - El Mediterráneo, nuevo lago de Tiberíades (1958)

 

 

Santísimo Padre:

Permítame que le exponga –¡en mi propio beneficio!‒ mis meditaciones sobre la vocación y la misión cristianas de Italia hoy en día. 

Premisa: como usted les dijo a los jóvenes, la paz existe y es preciso construir un mundo nuevo y mejor; un nuevo «universo de las naciones»; un universo de las naciones iluminado por Cristo y por Su Iglesia: quod parasti ante faciem omnium populorum, lumen ad revelationem gentium (san Lucas).

¿Cómo? ¿Qué lugar y qué tarea tiene la Italia cristiana? Le digo enseguida, Santísimo Padre, cuál es la intuición que desde hace algún tiempo florece cada vez con mayor claridad en mi alma.  

Es esta: el Mediterráneo es «el lago de Tiberíades» del nuevo universo de las naciones: las naciones que están en las orillas de este lago son naciones que adoran al Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob; al Dios vivo y verdadero.

Estas naciones, junto con el lago que rodean, constituyen el eje religioso y civil alrededor del cual tiene que gravitar este nuevo cosmos de las naciones: desde Oriente y desde Occidente se llega hasta aquí, éste es el Jordán misterioso en el que el rey sirio (y todos los «reyes» de la tierra) tienen que lavarse para quitarse la lepra (II Re 5:10).

¿Y qué hacer en la práctica? ¿Qué tiene que hacer la Italia cristiana? Preocuparse (con la oración, con la meditación y con la acción prudente pero inteligente y de «gran alcance») de la «unificación», de la convergencia, de estas naciones mediterráneas: llevar a cabo su acción política, económica, cultural, social (religiosa), etc. con vistas a constituir este «centro» del nuevo universo de las naciones; con vistas a constituir este punto de atracción y de gravitación de las naciones: para que desde Oriente y desde Occidente las naciones «vengan a bañarse» en este gran lago de Tiberíades, que es, por definición, el lago de toda la tierra. 

He aquí un plan político muy concreto: un plan que tiene por norma última, por medida, por finalidad, por inspiración, la revelación divina: el eje alrededor del cual se mueve es el mismo eje de Dios como lo revelan las Sagradas Escrituras: su objetivo es la «convergencia» de todas las naciones fundamentales en las que se eleva la adoración del Dios vivo y verdadero.

Santísimo Padre, ¿no es esta la «tercera fuerza» que se busca con tanto afán? ¿No es precisamente esta la piedra angular sobre la que se puede edificar la nueva casa de los pueblos y de las naciones? ¿No es precisamente este el «punto» desde donde volver a lanzar la fe –o mejor dicho: la cultura teologal‒ en todas las direcciones de la tierra? A mí me parece así de clara la cosa, me parece más que evidente que la crisis del mundo puede encontrar aquí su solución fundamental: la «resurrección» de la cultura teologal se opera aquí, y desde aquí se embarca otra vez en una nueva aventura histórica que tendrá como perspectiva los siglos futuros y las naciones futuras. 

Todas las naciones tienen que «volver a bañarse» en el «mar de Tiberíades» ampliado: desde aquí florecerá su renacimiento y su nueva recuperación. Esto es, Santísimo Padre, lo que pienso desde hace algún tiempo cada vez con mayor claridad. Por eso el hecho de que Italia en general y Florencia en especial se hayan convertido en un punto de gravitación para los nuevos pueblos y las nuevas naciones mediterráneas (Marruecos, Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Israel, Líbano, Turquía, etc.) me parece algo de gran importancia política. Porque esta es la tarea más específica –y más válida históricamente‒ de Italia y de Florencia en la actualidad: colaborar de manera eficaz para que haya paz en el mundo mediante la construcción del centro mismo del nuevo cosmos de las naciones; el centro religioso y civil (en cierto sentido, teologal) constituido por las naciones mediterráneas. 

Este es precisamente el objetivo del «coloquio mediterráneo» de Florencia (que habría debido tener lugar en junio pero que se ha aplazado a octubre): cooperar para la edificación de este «eje» de las naciones.

¿Poesía? No: realidad política profunda. Porque la gracia también tiene su geografía: la historia sagrada es historia auténtica, se desarrolla a través de pueblos, tierras, ciudades, culturas y demás; es una historia «encarnada» en el espacio, en el tiempo, en las personas, en los acontecimientos.

La «tierra de las naciones» tiene un «lago» que Dios ha elegido para hacer de él, en cierto sentido, un lago de gracia y de oración. Este lago tiene, a lo largo de sus orillas, ciudades misteriosas y eternas: ¡Jerusalén, Roma, Atenas, Florencia, París y demás!

El edificio de la paz se construye empezando, en cierta manera, por aquí: empezando por la piedra angular que dotará a toda la construcción de solidez y vida.

Así es como veo las cosas históricas y políticas de Italia, de Florencia y del mundo, Santísimo Padre: y por eso oriento mi acción en ese sentido.

Y con esa perspectiva –¡la terraza de Abraham!‒ se desarrollará el coloquio mediterráneo de Florencia: la de centrarse en el Mediterráneo (es decir, en la unidad de fondo de la revelación que tienen en común, en su raíz, las naciones creyentes del Mediterráneo) para desplegar sobre el mundo entero de las naciones una nación irradiadora de «cultura teologal».

La gran batalla contra el ateísmo se vence así: reuniendo a los miembros desunidos de la única familia de Abraham (principes populorum congregati sunt cum Deo Abraham). Todas las naciones creyentes que se encuentran en las orillas de este lago «ascienden juntas a Jerusalén» para adorar (illuc enim ascenderunt tribus, tribus Domini, Sal 121). 

Pensar que usted también habla de estas orientaciones –aunque indirectamente‒ reconforta a hombres de alto nivel intelectual y espiritual (como muchos padres jesuitas de Francia, de Italia y de otras partes del mundo), hijos fieles de la Iglesia, que sostienen precisamente la validez de esta intuición histórica y de esta acción correlativa. 

He querido escribirle todo esto, Santísimo Padre, para que conozca el marco ideal en el que se desarrolla mi oración, mi reflexión y mi acción (a nivel nacional e internacional).

Rezo, medito y obro, como miembro viviente del cuerpo místico comprometido con los problemas de la paz de las naciones. No tengo más que ese objetivo; no me guía más luz que la de la Iglesia, la luz del Evangelio, de las Sagradas Escrituras, del Espíritu Santo que solicita a las almas fieles que se muevan en la dirección «misionaria» de Cristo.

Que la Virgen –¡Reina de las naciones!‒ me ayude. Y que usted, Santísimo Padre, selle con su afectuosa y paterna bendición estas audaces esperanzas de paz y de luz para todos los pueblos y las naciones del mundo.

Suyo en Cristo,

La Pira

 

4 de mayo de 1958, domingo después de Pascua (¡Santa Mónica!)