A Pio XII-El encuentro con el embajador sovietico

 


10 de agosto de 1954 (San Lorenzo)


Santísimo Padre:

[…] desde hace aproximadamente un año, ¡cuántas cosas se han dicho y se han escrito, en Italia y en el extranjero, sobre mí! Y muchas veces he experimentado con pena en el corazón las palabras de aviso del Señor: ¡mentientes propter me!

Lo entiendo perfectamente: no tiene sentido que se pueda llevar a cabo en el mundo la opus Christi sin someterse a las consecuencias que están relacionadas estructuralmente con ello. El Señor lo predijo («ningún criado es más que su amo») y los apóstoles lo han experimentado en todas las épocas (ibant gaudentes a concilio quoniam digni habiti sunt pro nomine Jesu contumeliam pati).

Y ahora, Santísimo Padre, vamos al punto crucial, al «punto» que ha provocado, tal vez, la reacción más aguda: la entrevista (que yo no había previsto ni me parecía previsible en absoluto) con el embajador soviético. Vino improvisamente a Florencia e hizo que llamaran a mi secretaria para preguntar si podía hablar conmigo.

Santísimo Padre, ¿acaso podía negarme? Y además, ¿por qué negarse? ¿No es la norma esencial del cristiano tener el alma abierta a todos los acontecimientos que la Providencia hace que se produzcan alrededor de Él? ¿Acaso el cardenal Borromeo habría podido rechazar al Innominado? 

En resumidas cuentas, aquella tarde del 9 de abril de 1954 a las 18 horas recibí en mi sala de Palazzo Vecchio –la sala de Clemente VII‒ al embajador soviético Bogomolov. 

Hice que tomara asiento a mi lado –¡en la mesa que estaba junto a nosotros «resplandecía» protector el rostro dulce de la Anunciación de Fra Angelico!‒ y fuimos inmediatamente a la cuestión. 

Con usted, Santísimo Padre, no puedo y no debo callarme nada. Los temas fueron: 1) la bomba H y el inmenso miedo que los experimentos estadounidenses habían despertado por la vida misma de toda la familia humana (B. me dijo sobre esto: nosotros, los rusos, también tenemos esa bomba, pero si el mundo es destruido toda discusión habrá terminado; mientras sigamos vivos todas las «discusiones» serán posibles); 2) la grave preocupación que despertaba el rearme alemán, considerado como una resurrección del nazismo (luego la preocupación por la CED).

Estos eran los temas esenciales que habían provocado el «paso» de B. hacia mí. Pero tuve la impresión de que estos mismos temas habían sido expuestos en las visitas anteriores a Piccioni y Gronchi.

¿Mis respuestas? Dije: 

1) Excelencia, justo esta noche salgo para Ginebra, donde pronunciaré un discurso (ya traducido en francés) precisamente sobre el valor de las ciudades: éstas son un patrimonio ideal y religioso que las generaciones pasadas nos han transmitido y que nosotros no podemos destruir. Este discurso viene a cuento precisamente por la responsabilidad absoluta con la que tendrá que cargar el primero que se atreva a lanzar una bomba H sobre la tierra. Ningún hombre de buena voluntad puede dejar de censurar el uso de esta bomba mortal. 

2) El problema del rearme alemán y de la CED no pertenece a la esfera de mis competencias políticas. En cualquier caso el mundo libre no permitirá que renazca el nazismo racista y ateo, materialista y enemigo de Dios. 

Llegados a este punto, Santísimo Padre, introduje mis argumentos. Dije: Excelencia, ¿la paz? Pero, ¿cómo va a ser posible la paz verdadera sin la paz religiosa? Me acordé de la situación de las poblaciones católicas en Rusia y en los países satélite; me acordé especialmente de la situación de la jerarquía, obstaculizada o encarcelada. 

Y dije: piense, Excelencia, qué alba de verdadera paz sería la que viera la liberación de los obispos, de los sacerdotes, de los fieles; la que oyera la proclamación de la efectiva y creadora libertad religiosa. […]

Me contestó «con esperanza»; me indicó las «zonas» en las que se encuentran comunidades católicas en Rusia (en Siberia también); y en conjunto se mostró muy atento y interesado por mis temas religiosos y espirituales.

[…]

Santísimo Padre, ¿podrían ser más claros estos términos? ¿Hay o no hay en ellos esencialmente un planteamiento de gracia y de verdad? ¿Un planteamiento totalmente centrado en Cristo y en la Iglesia? El mismo lenguaje de la carta ofrece una respuesta concreta: todo demuestra, con extremada evidencia, que aquella «misteriosa» entrevista –que alarmó a tanta gente en Italia y en el extranjero‒ fue una entrevista centrada en el Evangelio: una entrevista que la gracia del Señor había tejido; ¡que la gracia del Señor había sellado con finalidades misteriosas! Y que esta entrevista –nacida, alimentada y sellada por la gracia‒ había dejado un eco de «simpatía» al menos humana en el corazón del embajador lo demuestra el hecho de que éste quiso volver a Florencia y expresarles a los periodistas sus impresiones sobre Florencia, «capital espiritual, en cierto sentido, de Occidente».

¿Táctica? ¿Pillería? No lo sé, Santísimo Padre. Sólo sé que el Espíritu Santo obra en las almas y que ciertos impulsos Suyos son «irresistibles».

[…] Pero permítame, Santísimo Padre, que añada una reflexión: las cosas de Florencia hay que mirarlas desde un ángulo sobrenatural, «metahistórico » y «metapolítico», como se dice; hay un tejido misterioso que las conecta a unas con otras con vistas a un objetivo que la Providencia evidentemente quiere alcanzar. Este objetivo no se ve bien, pero está.

Y la señal de esta presencia, la prueba de este tejido, la aporta el hecho de que yo nunca he buscado ningún acontecimiento esencial: yo no quería que me eligieran como alcalde; el Congreso por la Paz y la Civilización Cristiana se vio empujado por hechos imprevisibles; hasta se diría que fue la mismísima Providencia quien se afanó en provocar los acontecimientos «económicos, industriales y laborales»; y por último esta imprevista e imprevisible –¡para la mente humana!‒ entrevista La Pira-Bogomolov.

Santísimo Padre, ¿qué puedo hacer yo si las «cosas» ‒esto es, la Providencia‒ forman un tejido tan extraño de acontecimientos alrededor de Florencia? Es como si el Señor dijera: ¡te obstinas en vano!

Este es, Santísimo Padre, el marco religioso y espiritual en el que hay que encuadrar las cosas florentinas: sólo así adquieren un significado y un destino propios.

Y ahora, Santísimo Padre, una pregunta se hace punzante en mi espíritu. Estoy en un punto de incertidumbre, ha vuelto a presentarse en mi alma –viva, casi invencible‒ la íntima voz de la oración y del recogimiento: ducam eum in solitudine. 

Me parece que, en cierto sentido, por ahora se ha acabado mi papel en la vida pública, en cierta manera, aunque sea provisionalmente: ¡como si se hubiera cerrado un paréntesis! Ahora el canto del salmista se vuelve más atractivo: ¡quam dilecta Domine tabernacula tua! 

Algo se ha hecho, algo se ha sembrado; aunque haya sido entre incomprensiones y, tal vez, entre errores, alguna semilla de gracia, de amor y de verdad se ha esparcido –digámoslo así‒ en todas las direcciones. ¿Y ahora? Ahora creo que es el momento de reposar: de dejar que la tierra sembrada obre, en silencio, su misterio de maduración y fecundación. 

He aquí mi problema, Santísimo Padre: retirarse, al menos durante algún tiempo, a los «montes santos» unde veniet auxilium mihi. Un gran paréntesis de «reposo» nos puede sentar muy bien a todos. Esta es la enseñanza histórica del Señor: uno es el que siembra y otro el que cosecha. Y además es bueno que de vez en cuando se produzca este cambio: ¡afianza nuestra unión con Dios y otorga a la acción esa eficacia y ese valor únicos cuya raíz es la oración!

[…] En todas estas vicisitudes, ora jubilosas ora dolorosas, una cosa es segura: la «flota» en la que estamos enrolados estructuralmente es la única flota divina que atraviesa el océano de los tiempos y de las generaciones; la «flota» que tiene un solo buque insignia y un solo capitán: la barca de Pedro y el mando de Pedro. Deme su bendición y bendiga esta ciudad misteriosa en la que el Señor me ha situado.

Filialmente en Cristo,

La Pira