A Pio XII- El deber de defender a los débiles (1953)

 

 

 

6 de noviembre de 1953

Octavario de los Santos

 

Santísimo Padre:

Perdóneme, con esta carta cierro la serie de las cartas enviadas estos últimos días. No sé si le han llegado, lo que sí sé con certeza es que le han llegado a aquél que dijo: venite ad me omnes qui laboratis et onerati estis, y cuyo dulce y amoroso vicario en la tierra es usted.

Como es de entender, esta carta también gira en torno al tan doloroso problema de la Pignone (2000 despidos arbitrarios y cierre arbitrario de la fábrica). Este «episodio» dramático –de tan vastas dimensiones‒ es un síntoma grave de la situación italiana en su conjunto; es la demostración más clara de la actual condición de radical inferioridad jurídica, política y humana en la que se encuentran todos los trabajadores italianos, lo cual es un síntoma de la incapacidad estructural del Estado para defender a los débiles; es un indicio seguro de la evolución política italiana en los próximos meses y años: la inmensa multitud de trabajadores y sus familias, en vista de la incapacidad estructural de este Estado, vira –equivocadamente‒ hacia experiencias políticas diferentes en las que ya sólo espera encontrar un poco de pan y de comprensión.

Santísimo Padre, este es el punto dramático de la actual situación italiana. 

Porque, ¿cómo podemos contrarrestar esta elevación de las aguas?

Usted sabe, Santísimo Padre, que hasta el arma dolorosa de la excomunión se ha desafilado: los trabajadores italianos, a pesar de su elección política, no tienen consciencia de su culpa y siguen sintiéndose injertados vitalmente en el cuerpo místico de Cristo, siguen sintiéndose miembros vivientes de la Iglesia. ¿Cómo hay que hacer para superar estos obstáculos insuperables?

Santísimo Padre, no le habría escrito ni habría afligido aún más su corazón con estas penas si una «voz imperiosa» ‒por así decir‒ no me hubiera casi obligado a hacerlo. Hay momentos en la vida en los que seguir en silencio es una culpa, y este era, para mí, el momento de hablar. 

Yo vivo en la trinchera, Santísimo Padre: no hablo sin la experiencia de quien vive directamente la situación, sino que doy mi diagnóstico tras haber visto de cerca al enfermo. 

Florencia, por un cúmulo de razones, es un laboratorio y un observatorio político de esencial relevancia.

Usted dirá: ¿y el remedio? No se echa vino nuevo en odres viejos: las actuales estructuras de la sociedad italiana son viejas, incapaces de contener el fermento vital de las nuevas generaciones y de los nuevos problemas. El Evangelio fermenta en la vida de los pueblos. ¿Dignidad de la persona humana? ¿El trabajo y la casa son sagrados? ¿Justicia y fraternidad social? Pero, ¿qué sentido tiene todo esto si mientras tanto, por voluntad del propietario, de un día para otro el trabajo, la casa, la dignidad y la paz de miles de familias están expuestas a un verdadero cataclismo? Dominus aspexit de coelo ut audiret gemitus compeditorum: la palabra del Espíritu Santo nos alumbra precisamente sobre este punto. Santísimo Padre, yo no tengo nada más que decir: mis cuatro cartas son la denuncia de un mal real de nuestra sociedad, la italiana; un mal que, en un futuro próximo, puede tener consecuencias para la Iglesia ya mismo determinables. 

Estas cosas las he denunciado también –y sobre todo‒ ante los responsables de la vida política italiana (a decir verdad, el único que capta totalmente su valor y su urgencia es el Hble. Fanfani). 

Cierto, la gracia del señor vencerá. Estos tiempos son muy valiosos para la Iglesia: por todas partes renacen las flores supremas de la oración, de la pureza, de la belleza cristiana; y precisamente para favorecer y acelerar esta «primavera» de la Iglesia es preciso eliminar, con la máxima urgencia, la maleza de la iniquidad que todavía infesta la sociedad italiana.

Santísimo Padre, perdóneme por mi atrevimiento y bendiga paternamente a mi ciudad, a Italia y al mundo entero.

En Cristo,

La Pira