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Pablo VI y el encuentro de la Iglesia con los pueblos

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Llegados a este punto –y precisamente observando el tejido de acontecimientos que han llenado estos siete años de pontificado de Pablo VI‒ surge la pregunta (la he planteado en un breve prefacio al libro de Bergonzoni sobre Pablo VI por la paz): ¿hay un hilo conductor, una idea matriz, que encamina y unifica todos estos actos? ¿Qué principio directivo, qué luz orientadora (Verbum Tuum lumen semitis meis Domine) ha presidido y preside la acción amplia, mundial y multiforme (viajes, encíclicas, iniciativas varias como la jornada por la paz; diálogo con las Iglesias, los pueblos y los Estados; intervenciones directas e indirectas para solucionar los problemas más graves de nuestro tiempo: Vietnam, África, Europa, Oriente Medio, América Latina, etc.) que Pablo VI lleva a cabo desde hace siete años por la unidad y la paz de los pueblos de toda la tierra?
La respuesta es positiva: sí, lo hay, y se trata de la misma idea matriz, del mismo principio y de la misma luz que, instinctu Spiritus Sancti, habían empujado a la Iglesia, ya con Pío XII (discurso de la primavera histórica del 19 de marzo de 1958, festividad de San José) y decididamente con Juan XXIII más tarde (convocación del Concilio Vaticano II, encíclica Pacem in terris y todos sus actos dirigidos a hacer converger a los Estados y los pueblos hacia una política de negociación y de paz), a indicar y en cierto sentido abrir las puertas y las fronteras de la «nueva era» de la historia de la Iglesia y de los pueblos. Esta era atómica, espacial y demográfica –«era final», como se ha dicho‒ que sitúa al género humano inevitablemente, por primera vez en la historia, ante esta alternativa realmente –y no de manera metafórica‒ apocalíptica: o la edificación de la «paz milenaria» o la destrucción del planeta (discurso de Kennedy del 25 de septiembre de 1961 en la ONU).
Esta idea matriz, que encamina y unifica los actos de Juan XXIII –como ya pasara, en cierto sentido, con los de de Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII‒ se articula, por así decir, en tres ideas y en tres tesis:
1) la primera indica el sentido de la historia: la historia tiene un sentido, una dirección; hay un «punto omega», una «estrella polar» que la orienta y la encamina ‒«atraeré a todos hacia mí» (Jn 12:32)‒: es Cristo resucitado y Su «proyecto» de salvación sobrenatural y de promoción histórica –¡Su majestad!‒ destinada irreversiblemente a ser puesta en práctica a lo largo de todos los siglos y en todas las civilizaciones y todas las gentes (san Mateo). 
La historia es, en cierto sentido, «mesiánica»: es decir, tiende a una ciudad terrenal que sea –como dijo Pablo VI‒ un reflejo, de alguna manera, de la ciudad terrestre […].
«La Iglesia, juntamente con los Profetas y el mismo Apóstol espera el día, que sólo Dios conoce, en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz y le servirán hombro con hombro» dice proféticamente el concilio (Nostra Aetate, n. º 4). 
2) la segunda indica el punto de la navegación histórica presente: ¿en qué punto estamos de este camino histórico? ¿Cuál es el punto de esta navegación en el océano de la historia?
La respuesta tiene la exactitud y la fiabilidad de la respuesta científica: estamos en la divisoria del Apocalipsis; en la era de la alternativa y de la elección final; en la era atómica, espacial y demográfica que plantea –a partir del 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, como dijo Günther Anders‒ una elección sin alternativas (cfr. Günther Anders, Philbert, Jaspers, Einstein, Guitton, Kennedy, Kruschev y todos los científicos y máximas personalidades políticas): o la destrucción del género humano y del mismo planeta (Apoc 7:1 ss.: está todo listo para la destrucción) o la paz, la unidad y la promoción milenaria de los pueblos de toda la tierra (Kennedy, discurso del 25 de septiembre de 1961 en la ONU).
3) la tercera muestra a la Iglesia católica –y, por lo tanto, a Pedro‒ como órgano igualmente esencial (en cierto sentido causa eficiente, final y ejemplar) de esta unidad, liberación y pacificación de los pueblos.
Esta es la idea matriz –con sus tres articulaciones esenciales‒ que encamina y unifica todos los actos de Pablo VI. 
Esta idea constituye el mandato que la Providencia ha confiado a Pablo VI, como a todos los sucesores de Pedro: volver a derramar –en el contexto histórico propio de cada uno‒ la gracia de Cristo sobre toda la familia de los pueblos, ¡promoviendo la unidad, la paz y el civismo entre ellos!
[…]
Actuar, ¿pero cómo? ¿Con qué instrumentos religiosos y civiles? Y entre estos instrumentos, ¿hay alguno que sea realmente de la Iglesia y cuyo uso sea esencial para la unificación y la pacificación del mundo?
La respuesta nos la da la oración final del Señor al Padre: la unidad de la Iglesia es, en cierto sentido, el instrumento y la condición de la unidad del mundo. Si se cumple la primera, se cumple la segunda también: si la Iglesia se unifica, el mundo se pacifica y se unifica.
Luego unificar la Iglesia: ¿pero cómo? ¿Con qué instrumento se puede cumplir de alguna manera este propósito? Este fue el problema que Juan XXIII, realmente instinctu Spiritus Sancti, se planteó el mismo día de su elección: esta es la raíz de la convocación del concilio tres meses después. ¡Convocar el concilio para unir a la Iglesia y para poner en práctica la premisa y la condición de alguna manera esencial para la unificación y la pacificación del mundo!
La acción de Pablo VI obedece a estas dos directivas fundamentales, ¿relacionadas en cierto sentido orgánicamente la una con la otra? Es decir, ¿sus plegarias y su acción están polarizadas hacia estos dos objetivos que constituyen para él, como ya pasara con Juan XXIII, las dos estrellas indisociables y polarizadoras de la historia presente y de la historia total de la Iglesia y del mundo?
La respuesta positiva resulta más que evidente si se considera atentamente la acción amplia y multiforme desarrollada precisamente por Pablo VI en estos siete años de pontificado: las encíclicas (en especial la Ecclesiam Suam y la Populorum Progressio); el diálogo cada vez más intenso con las Iglesias separadas (desde el primer encuentro con el patriarca Atenágoras hasta el de Ginebra, el Concilio de las Iglesias o el último con el patriarca armenio); las iniciativas y las intervenciones por la paz (el discurso del 4 de octubre de 1965 en la ONU: «la guerra nunca más»; la jornada mundial de la paz; las intervenciones directas e indirectas por Vietnam y Biafra, por Oriente Medio, por Europa, por América Latina, etc.); los encuentros con los máximos líderes políticos responsables del destino del mundo (Kennedy, Podgorny, De Gaulle, Gromiko, Nixon, Brandt y todos los demás); el «diálogo» cada vez más intenso y extendido con todos los pueblos y los Estados del mundo, sin discriminación alguna. Fue extremadamente significativo su discurso del día de la Epifanía de 1967 dirigido a China; también significativos fueron los mensajes que envió a finales de 1965 a Ho Chi Minh, a Mao Zedong y a Johnson por la paz en Vietnam; y fue importante el diálogo cada vez más intensificado, también a nivel diplomático, con los Estados socialistas: Yugoslavia, Cuba, Hungría, URSS, Polonia y todos los demás; y por último el destino y la estructuración misma de sus viajes: Tierra Santa (Epifanía de 1964), India (diciembre de 1964), ONU (4 de octubre de 1965), Fátima (13 de mayo de 1967, en el quinto centenario de la «primera aparición» para anunciar la «conversión» y la paz en el mundo), América Latina, Uganda, Italia y ahora este viaje a Asia que, en cierto sentido, los sella y los encamina todos.
Así pues, un tejido de viajes que recubre los cinco continentes y que lleva dos marcas indisociables: la de la unidad de la Iglesia y la de la paz en el mundo. 
Teniendo presente este doble objetivo, los actos de Pablo VI, si los vemos en su conjunto, parece que se desarrollen orgánicamente, día a día, en vista de este doble puerto de la unidad y la paz.
[…]
Y la señal más marcada de esta primavera histórica que está floreciendo fatigosa pero irreversiblemente–¡la historia se rendirá!‒ la constituye precisamente, justo en nuestros días, el viaje de Pablo VI a Asia: la barca de Pedro, capitaneada por Pablo VI, ha zarpado desde Roma para atracar, el día de San Francisco Saverio, en este lejano amanecer del tercer milenio (como ya hiciera la de san Pablo en el amanecer del primer milenio), en los nuevos centros de génesis, de unificación y de propulsión de la historia nuevísima de los pueblos.
El soplo del Espíritu Santo ha empujado esta barca hacia las islas lejanas que, en cierto sentido, la esperaban: ha surgido un nuevo amanecer –tras este atraque, como después del concilio‒ para la historia de la Iglesia y la historia de los pueblos. 
[…] Así que, pese a todo, el sueño de Pío XII –la primavera histórica‒ y de Juan XXIII –Pacem in terris‒ se convierte cada vez más, a despecho de las nubes y las tempestades recurrentes, en la realidad de los grandes círculos concéntricos de Pablo VI: los círculos que a partir de un centro común –Roma‒ llevan a la humanidad entera, a todos los creyentes en Dios, a todas las Iglesias cristianas, a toda la Iglesia católica, con la intercesión virginal de María, el don divino de la gracia, la unidad y la paz.