Pablo VI (audiencia del miércoles del 9 de noviembre de 1977)

 


Giorgio La Pira es el ejemplo que todo cristiano debe tener muy presente en su camino terrenal hacia el reino de Dios […].

La diferencia entre Giorgio La Pira y muchos otros de su tiempo y de su mundo es que él sabía, tenía ante sí la idea y los fines a alcanzar, y dedicó a ello su vida, su existencia. Vivió como un pobre, en medio de un tropel de gente, de cuestiones, de asuntos; pero siempre con la idea, casi como un soñador, de alcanzar ese fin. Era una persona que sabía lo que son los fines, no sólo los medios para recorrer el camino, sino lo que es ir. ¿Adónde? Eso es lo que cada uno de nosotros debería experimentar, una metamorfosis de mentalidad. 

Hay quien se niega a admitir la necesidad de cambiar algo en su propia manera de ser y de pensar: todo el naturalismo, que sustenta la bondad del hombre tal y como es y el derecho-deber de permitir al hombre que actúe según los impulsos instintivos de su propio ser –juzgado ya perfecto en sí mismo, ni mucho menos alterado por la herencia del pecado original–, se opone de raíz a la gran novedad de la salvación cristiana y acepta la triste experiencia de la vida humana abandonada a sí misma, con todas las consecuencias dramáticas y trágicas de su irregular y a menudo perverso desarrollo.

En cambio La Pira nos ha dejado como herencia el ejemplo concreto de una vida entera dedicada a tratar de «modificar» en sentido cristiano toda la historia de nuestro tiempo.