No al aborto

En 1976, el ya precario equilibrio entre las fuerzas de la coalición de mayoría se puso aún más a prueba por la división que se produjo como consecuencia del debate sobre el proyecto de ley de interrupción del embarazo.

En una intervención elaborada y meditada, escrita para L’osservatore Romano,  La Pira no entra en los aspectos políticos del asunto sino que reitera y argumenta las tesis de la ética cristiana respecto al aborto que

[…] es, por definición, un acto que extingue la vida de una persona: es la muerte de un ser humano.

¿Existen grandes carencias, grandes «vacíos», en las estructuras sociales y jurídicas que no son adecuadas (como deberían) para tutelar a los no nacidos? Que sean eliminadas –con gran urgencia y determinación‒ con medidas legislativas adecuadas, pero nunca quitándole el ser, la vida, al no nacido. No matando. Es, para todos, la intransitable frontera de la auténtica, única, civilización humana en común. 

[…] El aborto no es sólo matar a un no nacido (un «homicidio», como los Padres de la Iglesia lo definen enseguida): se «introduce», menoscabándolo, en el plan teleológico de la historia, de la esperanza histórica, trastocando inmensurablemente el plan histórico trascendente de Dios y haciendo que «se desmoronen» ‒si es posible‒ la civilización humana, el cuerpo místico y el cuerpo de las naciones por entero. 

[…] El aborto no es un acto que libera a la mujer, es más, la relega para siempre, en un cierto sentido, a una esclavitud interior: ninguna «intervención humana» puede liberarla. 

No hay reforma social, por amplia que sea, o cambio de estructuras económicas, políticas, asistenciales, etc. que pueda liberar a la mujer de esta «auténtica alienación» interior que el aborto causa en ella invenciblemente. 


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