¡Los verdareros materialistas somos quienes creemos en Cristo resucitado!

Querido don Nesi:

¿Reflexiones sobre la resurrección de Cristo? Aquí están: así, como vienen, pero ordenadas. Porque no es que se trate de uno de los temas esenciales del cristianismo, sino del tema en cierto sentido único –¡el original, específico, inconfundible, constitutivo, etc.!‒ del cristianismo. 

Y, en efecto, ¿qué es el cristianismo? Si usted y yo tuviéramos que dar una respuesta, con una sola palabra, a quien nos hace esta pregunta, ¿qué responderíamos? Responderíamos –como san Pablo‒ lo siguiente: Cristo resucitado (Rm 14:9; 1 Co 15:12-20; 2 Tm 2:8); o, para ser más exactos, ¡Cristo crucificado y resucitado!

Este es el hecho que, si es cierto –¡como lo es!‒ condiciona todos los hechos del cosmos y de los hombres (de cada uno de ellos y de las naciones). De este hecho dependen realmente el cielo y la tierra; de este hecho dependen la historia del cosmos y la de los hombres por entero: este es el hecho que atrae hacía sí –como centro de gravedad universal, irresistible‒ a la creación entera, cósmica e histórica. 

Jesús lo dijo explícitamente (ya antes de la Resurrección): atraeré a todos hacia mí (Jn 12:32); y luego ‒tras la Resurrección‒ le dijo explícitamente a san Juan (Apocalipsis): Yo soy el alfa y la omega (Apoc 22:13), el primero y el último, el principio y el fin (Apoc 22:13). Él se definió (Apocalipsis) como astro de la mañana: la historia total de la creación (cósmica y humana) se orienta imparablemente en función de este astro.

Pasternak expresó de este modo, en la última poesía que cierra El Doctor Zhivago (El jardín de Getsemaní), este hecho único –Cristo resucitado‒ y que atrae al mundo:


El curso del tiempo, como la Palabra,

puede inflamarse a cada paso.

En nombre de su terrible grandeza

accedo para el tormento al cadalso.


Del sepulcro resucitaré al tercer día

y como balsas flotando por el río

dejando atrás las tinieblas, hacia mí,

se someterán a mi juicio los siglos.

 

¡Has atraído todos los siglos hacia Ti! (san León Magno papa). 

Así pues, este es el hecho que (en cierto sentido) define por sí solo el cristianismo y lo diferencia cualitativa, radical e irreductiblemente de todo.

Cuando la Iglesia se puso en movimiento –con el Pentecostés‒ este fue el hecho que Pedro anunció, en nombre de los once, a Israel. Este anuncio (el gran salto de calidad de la historia ‒¡plenitud de los tiempos! ‒) se repitió en todas las ciudades de Judea y Palestina; se repitió en todas las ciudades más significativas, los auténticos centros de la vida cultural, social y política del mundo: tanto en Antioquía como en Alejandría, en Atenas (¡recuerde el discurso de san Pablo!) y en Roma (¡en el centro del mundo!). 

Los Hechos de los Apóstoles no son más que eso, a fin de cuentas: son precisamente la crónica de este anuncio llevado de manera tan venturosa –¡realmente milagrosa!‒ a Israel y a la civilización del mundo en su totalidad. 

Esto es pues, querido don Nesi, lo que hay que anunciar de nuevo, hoy, vigorosamente, ante esta nuevísima era de la historia del mundo: ¡Cristo resucitado! Él, el alfa y la omega (Apoc 22:13), el primero y el último, el principio y el fin (Apoc 22:13), ¡astro radiante de la mañana (Apoc 22:16) –del que no se puede huir‒ de la historia del mundo!

Pero este anuncio no se queda en el aire, sino que desciende –para que toda ella fermente‒ hasta la realidad total del cosmos y de los hombres.

Si Jesucristo ha resucitado –y lo ha hecho‒ este glorioso cuerpo resucitado aborda inevitablemente toda la creación material (nótese: ¡material!) y espiritual, política y civil del mundo. 

Este cuerpo glorioso actúa precisamente como levadura transformadora, como causa atractiva y transformadora, sobre toda la realidad cósmica e histórica.

Es decir, actúa sobre todo el cosmos forjando, por así decir, con el tiempo, los nuevos cielos y la nueva tierra de la eternidad.