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a las monjas de clausura - rezar por la paz (1963)


 

Reverenda Madre:

¿El objetivo de esta circular? Hacer propias, con toda el alma, todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas, estas palabras del Señor: «Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa»; y pedirle al Padre celeste, en nombre de Jesús y María, una cosa concreta: que cese el fuego de guerra que todavía está encendido por todas las partes del planeta, en especial en Asia (Vietnam) y en América Latina (Santo Domingo entre otros) y que la paz, a pesar de todo, se establezca definitivamente en la tierra: ¡Pax in terra!

Reverenda Madre:

Hay que apuntar con extrema decisión, con total empeño, a esta demanda: ¡esta gracia de la paz en la familia humana entera debe ser concedida por el Padre celeste! El río de paz del que habla Isaías debe irrigar con abundancia la ciudad de los hombres, como irriga la ciudad de Dios (Apoc 22): el Señor no puede negar esta gracia tan fundamental de la que depende la existencia de la civilización humana, del género humano y, tal vez, ¡del planeta entero!

Porque, Reverenda Madre, tal y como están las cosas, no hay alternativa para los pueblos: ¡o la paz milenaria o la destrucción apocalíptica de la familia humana y de la tierra misma provocada (Dios no lo quiera) por la potencia desconcertante ?realmente apocalíptica? de las armas nucleares!

Estas afirmaciones, Reverenda Madre, no son mías: son de los científicos nucleares; son de los máximos mandatarios políticos del mundo (acuérdese de Kennedy); son de Juan XXIII, ¡que con la Pacem in terris entregó a los pueblos de toda la tierra su mensaje de salvación y esperanza!

Por ello, este es, Reverenda Madre, el problema fundamental del mundo en nuestros días: hacer la elección final, apocalíptica. Es decir, elegir entre la paz milenaria (que requiere un profundo cambio en todas las relaciones –¡y en el mismo modo de pensar!? de los hombres) y la destrucción realmente desmedida, que puede conducir a la ruptura de los mismos equilibrios físicos sobre los que se sustenta la existencia física de nuestro planeta (y no sólo). 

¿Y entonces? Entonces la respuesta es evidente: hay que tener el valor (¡porque de eso se trata!) de elegir la paz y actuar a todos los niveles (internacionales e internos: militar, científico, técnico, económico, social, cultural, político y religioso) conforme a esta elección.

Pero para hacer esta elección es realmente preciso un acto desmesurado de fe, la fe de Abraham: ¡spes contra spem! Para hacer esta elección –que está, desde luego, llena de riesgos, de incógnitas, de incertidumbres, no hace falta más que la fe de los apóstoles que lanzaron sus redes sobre la palabra de Dios resucitado; durante toda la noche no habían cogido nada: en aquel precioso amanecer, en cambio, cogieron 153 peces grandes, ¡más de lo que la red aguantaba!

[…] ¿Por qué, Reverenda Madre, le digo estas cosas? ¿Acaso se trata de una nota de pesimismo que se ha colado improvisamente en la visión siempre llena de esperanza histórica –spes contra spem? que ha caracterizado nuestro diálogo a lo largo de estos quince años?

No, Reverenda Madre, no se trata de una improvisa visión pesimista de la historia presente del mundo: no quitamos ni un acento, por pequeño que sea, del canto de esperanza que siempre ha estado y todavía está en nuestro corazón y en nuestra mente. Seguimos estando –hoy más que ayer? profundamente convencidos de las características esenciales de paz, unidad, civilización y gracia, que definen – por mucho que parezca lo contrario? la presente época espacial del mundo.

[…] Reverenda Madre, siempre hemos meditado este plan y siempre (en la medida de lo posible) lo hemos señalado en las circulares de todos estos años. Usando el método de las «señales de los tiempos» que el Señor indicó a los apóstoles y que Juan XXIII aplicó en toda su acción pastoral y señaló explícitamente en la Pacem in terris (un método al que también Pablo VI se refirió explícitamente en un discurso lleno de esperanza), siempre hemos sostenido esta tesis: que la época histórica presente (es decir, la época nuclear y espacial) es una época que presenta algunas características que la definen. Éstas, según nos parece, son:

a) la imposibilidad de la guerra nuclear y, por ello, la inevitabilidad de la paz, la unidad y la civilización de los pueblos de toda la tierra; 

b) un irresistible y creciente movimiento de paz y unidad en la Iglesia (como el concilio ha probado y prueba);

c) el regreso de Israel –tras la crucifixión de Auschwitz? a la tierra de los patriarcas, de los profetas, de Cristo, de María y de la Iglesia naciente: regreso que prefigura y casi anticipa el «amor paulino» de Israel hacia Jesús, ¡el mayor de sus profetas, el esperado, el resucitado!;

d) un irresistible movimiento de gracia que hace que converjan, por así decir, «hacia Hebrón» (donde están sepultados el patriarca Abraham y todos los patriarcas) la triple familia de los pueblos cuya descendencia espiritual tiene en Abraham su origen común: hebreos, cristianos y musulmanes;

e) el inevitable desgaste y lo obsoleto (algo que crece cada día, por mucho que parezca lo contrario) de todas las «ideologías», incluida la marxista: todas estas ideologías están sometidas a un proceso interno irreversible e irresistible de disolución; y en el agujero que dejan se sitúa (cada vez más elevado, por mucho que parezca lo contrario) el candelabro sobre el que está la lámpara de la Revelación Antigua y Nueva que ilumina a Israel y a todas las gentes: lumen ad illuminationem gentium.

Es realmente –vista en perspectiva? la época paulina de la «plenitud de Israel y la plenitud de los gentiles».

Reverenda Madre, ¿soñamos con los ojos abiertos? ¡En absoluto! Nuestros ojos están abiertos sobre la realidad de nuestro tiempo; por eso, ¡no nos son desconocidas las nubes y las tempestades que turban tan profundamente y tratan de detener esta «estación primaveral» del mundo!

No ignoramos la cizaña que se encuentra en medio del grano: las intensas fuerzas de resistencia que el «hombre enemigo» opone encarnizadamente al avance de Dios.

Y sin embargo, Reverenda Madre, nuestra tesis (hoy más que ayer) sigue siendo sólida: estas fuerzas adversas (a pesar de todo) no prevalecen; la estación de Dios avanza irresistiblemente; el plan de Dios se desarrolla irresistiblemente en la historia del mundo; «la intención histórica de Dios» se pone en práctica de manera irrevocable, a pesar de todo; el mensaje de victoria de Cristo resucitado («Dios me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a los habitantes de todas las naciones […] y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo») se perfila cada vez con mayor claridad en el horizonte histórico de la Iglesia y de los pueblos; ¡el tiempo de la majestad de Cristo sobre las naciones –el tiempo de los «mil años» del Apocalipsis, el tiempo de la paz milenaria, de la unidad y de la civilización de los pueblos? despunta ya, como un amanecer, en la perspectiva histórica, milenaria, del mundo! 

[…] Es suficiente mirar con amor, con atención y mediante la oración el desarrollo irresistible del plan de Dios en el mundo. Porque de esto debemos estar convencidos, Reverenda Madre: el Señor quiere que Su reino, así como en el cielo, venga también a la tierra; que en la tierra –¡habitada por Su Unigénito y por Su Iglesia!? haya paz, resplandezca la luz, triunfe la gracia; que las felices «visiones» de los profetas y del Apocalipsis se conviertan –a lo largo de los milenios futuros? en la realidad bendita en la que se desarrolle la vida de los hombres, de las ciudades, de las naciones, de los pueblos! (Benedixisti Domine terram tuam, avertisti captivitatem Jacob, Isaías); en una palabra, ¡que la majestad de Cristo sobre Israel y los pueblos –majestad que radica en la divina «fuerza» creadora de Cristo resucitado y de la Virgen María de la Asunción? es la meta feliz hacia la que está encaminada irresistiblemente la historia presente y futura del mundo!

Repito, Reverenda Madre, no «soñamos»: miramos, en perspectiva, la realidad histórica tal y como el Señor la está desarrollando en la Iglesia y en los pueblos: la «sopesamos», la «medimos», la «contamos»; tenemos en consideración las inmensas fuerzas adversas que el enemigo de Dios y del hombre lanza sobre el escenario histórico de los hombres; y tras haber hecho todos los análisis y mediciones, nos vienen al corazón y a los labios las palabras del Señor: ¡Ego vici mundum[…]

Reverenda Madre:

Llegados a este punto, usted dirá: pero entonces, si todo esto es cierto (guerra imposible, paz inevitable, etc.), ¿por qué usted, profesor, ha planteado en esta circular –y con términos tan elocuentes? la urgencia de pedir al Señor, con extremo empeño, la paz en el mundo? ¿No se contradice esta petición, tan urgente y elocuente, con la afirmación de que hemos entrado en la estación histórica «de la primavera»?

Reverenda Madre, usted misma podrá comprender que tal contradicción no existe! Hemos entrado en la estación histórica de la primavera, es cierto, pero conviene precisar: estamos a 19 de marzo, no a 21, como dijo de manera tan significativa Pío XII en su célebre discurso el día de San José de 1958. Así pues, faltan dos días para que empiece la estación primaveral: ¡y dos días –en las perspectivas de la historia total del mundo? no son pocos!

Y luego: ¡cuántos vientos, lluvias y tempestades se dan durante el mes de marzo y aun en los meses sucesivos! La primavera no está exenta de temporales que –¡si pudieran!? harían que se retrasara la estación y conducirían de nuevo al invierno. 

[…] ¿Y en estos últimos meses? Reverenda Madre, ¡cuánto se ha agravado la situación política y militar en el mundo, realmente! En Asia (en Vietnam y hasta los confines de China) la guerra (aunque no nuclear) está en pleno y grave desarrollo; en América Latina (Santo Domingo, etc.) están teniendo lugar graves convulsiones internas y acciones militares: en especial por el efecto de la entrada atómica y política de China en el escenario militar y político de Asia y del mundo, ¡la política mundial se ha desplazado peligrosamente hacia las fronteras de la Guerra Fría y más allá!

Esta es la «fotografía» de la realidad histórica actual (a nivel militar y político); estamos, repito, en las fronteras más avanzadas de la Guerra Fría y la guerra auténtica (aunque no nuclear) pesa tristemente (con sus bombardeos y sus guerrillas) sobre el pueblo de Vietnam, ¡que desde hace veinte años no consigue alcanzar la paz ni al norte ni al sur!

Llegadas a este punto las cosas, bien podemos decir que estamos en las fronteras del Apocalipsis: en la divisoria apocalíptica; y estas fronteras del Apocalipsis se pueden identificar perfectamente aun a nivel local: son las fronteras de China; ¡la guerra nuclear –que destruiría el mundo? podría estallar precisamente en ellas!

El peligro existe: ¡seríamos realmente unos soñadores (y no cristianos atentos) si no nos diéramos cuenta! Por eso, Reverenda Madre, esta circular está totalmente dirigida hacia una única petición –por así decir? al Señor: ¡una petición de paz! ¡Señor, ofrécenos la paz! Esta petición al Señor, en nombre de Jesucristo, ¡debe ser atendida! 

¿Debe? ¡Sí, debe! Reverenda Madre, hay que tener el valor –es decir, la fe? de hacer esta afirmación confiada y audaz: sí, señor, Tú lo dijiste: «quidquid orantes petitis credite quia accipietis et fiet vobis» (el Padre os concederá todo lo que le pidáis en mi nombre). 

[…] He aquí, Reverenda Madre, el «porqué» de esta circular; ¡el «porqué» de la única petición –la de la paz mundial? hacia la que está dirigida! Esta petición de paz mundial contiene implícitamente todas las peticiones que la condicionan!

Al otorgarnos el don de la paz mundial –¡que es el don mariano de Fátima!? el Señor otorgará también el don de la «convergencia» hacia Él de todos los pueblos, de todas las naciones de la tierra, ¡por lo que otorgará el don de la unidad y el don de la iluminación del mundo!

¡Sí, hay que creer, creer firmemente, en esta efusión de dones que el Espíritu Santo desea ofrecer precisamente en nuestro tiempo, con la paz, a todos sus hijos (empezando por Israel) y a todas las gentes!

Ya se sabe: las cosas hay que verlas en perspectiva; y la perspectiva histórica es precisamente la que muestra la paz en el mundo, la unidad del mundo y la iluminación cristiana y bíblica en el mundo (lumen ad illuminationem gentium).

Reverenda Madre:

¡Fe, pues! Fe capaz de mover todas las montañas, y capaz de hacer despuntar sobre la tierra ?¡a pesar de todo!? esa estación milenaria de gracia, paz, justicia y civilización que está en los planes de Dios –el plan revelado por los profetas: el plan de los «mil años»? ¡y que constituye el júbilo, la espera y la esperanza de la Iglesia y del mundo!

[…] Gracias por todo, Reverenda Madre, y que rece mucho, con todo el corazón, la dulce Virgencita, Madre nuestra y Reina del mundo, por Florencia (por su misión de paz) y por mí.

Suyo en Cristo,  

La Pira 


Florencia, Día de la Ascensión de 1965 (27 de mayo)