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A las monjas de clausura - por una teologia de la historia


Reverenda Madre:

[…]

Cuando los grandes doctores místicos (san Juan de la Cruz, santa Teresa, san Buenaventura, etc.) hablan de la gradual «subida del monte Carmelo», del ascenso gradual hacia las últimas «estancias» del «castillo interior», del «itinerario de la mente a Dios», está claro que no piensan en este «monte Sion», al que san Juan Evangelista fue elevado en éxtasis (recordemos el éxtasis análogo de san Pablo, arrebatado hasta el tercer cielo), ¡y en cuya cima se sitúan, por así decirlo, la atracción y la vocación eternas de todas las almas y todos los pueblos de la tierra! Así pues –¡aunque sólo sea con el deseo!? el último día del año 1960 subimos juntos al «monte Sion».

¿Para adorar? Por supuesto: ante todo y sobre todo para adorar; y luego también para «ver» el gran itinerario de la historia de la Iglesia y de las naciones: un camino que empieza –en cierta manera? con la vocación de Abraham; que se desarrolla, a través de la historia de Israel, hasta la encarnación del Verbo (la concepción inmaculada de María, la anunciación, el nacimiento de Cristo) y hasta la crucifixión, la muerte, la resurrección y la ascensión de Cristo; y que retoma este desarrollo, con nuevo ahínco, a través de los siglos y los pueblos, con el descenso del Espíritu Santo y la fundación de la Iglesia en Jerusalén, en Roma, y desde Jerusalén (Hch 1:8) y Roma (Hch 23:11) ¡en el mundo entero!

Ahora bien: ¿cuáles son las etapas esenciales de este viaje de la Iglesia en la historia del mañana? ¿En los próximos siglos? ¿Qué perspectivas de esperanza –a pesar de las nubes que siempre acompañan los días del hombre y de la historia- tenemos ante nosotros? ¿Qué tenemos que decir de este tiempo nuestro que es una preparación para el tiempo futuro?

[…]

Pues bien, digamos que hay tres etapas esenciales en el movimiento general de la historia del mundo: 1. la primera está constituida por la «plenitud de los tiempos» (plenitudo temporis: Gál 4:4); 2. la segunda está constituida por la «plenitud de las naciones» (plenitudo gentium: Rom 11:25); 3. la tercera está constituida por la «plenitud de los hebreos» (plenitudo Hebraeorum: Rom 11:12). 

1. La primera etapa –la fundamental? tuvo lugar con la Encarnación: la plenitud de los tiempos, que, digámoslo así, se hizo visible en Belén con el nacimiento de Cristo y con el gozoso anuncio de los ángeles: gaudium magnum nuntio vobis: natus est hodie Salvator Mundi (Lc 2:11).

La historia entera está preparada para recibir al Señor: Augusto ha proclamado la paz en el mundo de las naciones y ha «censado» en su primer censo (Lc 2:1), entre los súbditos de su imperio, al mismo Cristo.

2. La segunda etapa constituye, digámoslo así, la directriz que, a partir de Pentecostés, seguirán la historia de la Iglesia y la de los pueblos. Ambas historias (dos historias compenetradas la una con la otra, como la levadura está compenetrada con la masa: Mt 13:33), se dirigen hacia un punto preciso: la entrada de todas las naciones en la Iglesia; el avance misionario de la Iglesia hacia todas las naciones (plenitudo gentium: Rom 11:25; Mt 28:19). He aquí un punto seguro del movimiento histórico convergente de la Iglesia y de los pueblos: la historia se mueve hacia este hecho concreto, es decir, hacia la entrada de todos los pueblos en la Iglesia de Cristo (Mt 28:19). Pero, para que este hecho histórico tenga lugar, es necesario que antes se forme el cuerpo (físico, digámoslo así) de las naciones: ¡que en los pueblos de toda la tierra se proclame, de alguna manera, la unidad! Es necesario que suceda algo análogo a lo que ocurrió en tiempos de Augusto y Virgilio: que haya alguna similitud y analogía entre nuestros «tiempos históricos» (políticos, económicos, sociales, culturales, etc.) y la «plenitud de los tiempos» (esto es, los tiempos históricos de Augusto y Virgilio).

Y entonces se plantea la siguiente pregunta: teniendo en cuenta mi tiempo y los tiempos próximos que tengo por delante, ¿puedo decir que se va hacia una época que guarda una profunda analogía con la época «de los tiempos históricos» («plenitud de los tiempos») de Augusto y Virgilio? Esto es, ¿que se va cada vez más hacia la formación de un único cuerpo de naciones constituido, a pesar de todo, bajo la paz y el progreso?

¡Pío XII dio una respuesta concreta a esta gran pregunta! Nosotros también hemos tratado de aclarar esto en las circulares anteriores.

Sí: se va hacia una nueva –en cierto sentido? plenitud de los tiempos; hacia tiempos históricos nuevos, análogos a los de Augusto y Virgilio. ¿Por qué? Porque esta nueva –en cierto sentido? plenitud de los tiempos nos prepara, en cierta manera, a esa nueva y particular llegada que san Pablo llama la «plenitud de las naciones y de los hebreos» (plenitudo gentium e plenitudo judaeorum); prepara «físicamente», por así decir, a ese cuerpo total de las naciones en el que tiene que depositarse la levadura cristiana de la gracia y de la verdad, para que fermente y cobre vida (... plenum gratiae et veritatis: Jn 1:14). 

[…]

¿Cómo? ¿Cuándo? Se puede contestar a través del Señor: el Padre sólo conoce tempora vel momenta (Hch 1:7); pero una cosa es segura: se va «de manera casi manifiesta y con un ritmo acelerado hacia esta nueva –en cierto sentido? plenitud de los tiempos» (cfr. Daniélou, «Le mystère du salut des nations»). 

3. Pasemos pues a la plenitudo judaeorum. 

Reverenda Madre, usted sabe bien de qué se trata: este tema, tan esencial para la Iglesia y las naciones, lo hemos tratado varias veces (en casi todas las circulares de estos últimos años). Luego una cosa es segura, de fe: ¡Israel reconocerá a Cristo y lo amará y lo servirá con amor y dedicación iguales al dolor y la amargura con que lo ha rechazado a lo largo de los siglos! He aquí una «esperanza segura»: ¡una alegre «sustancia de las cosas esperadas», como diría Dante (Par. XXIV; 63)!

Pero para «convertirse» a Cristo, ¡Israel tiene que ser un pueblo que perdura a lo largo de los milenios, que –a pesar de la dispersión? vuelve a establecerse en su tierra, en sus ciudades de Judas, en su ciudad de Jerusalén!

Perdurar a lo largo de los milenios, a pesar de todos los cambios de pueblos y civilizaciones; existir a pesar de las persecuciones y las masacres (¡la última, aterradora y casi radical, la de los nazis!); regresar, a pesar de todo y contra toda aparente justicia, a su tierra, a sus ciudades, a su Jerusalén; plantearse allí, casi necesariamente –en esa tierra misteriosa de los patriarcas, de los profetas, de los reyes, de María, del Bautista, de Cristo, de los apóstoles? el problema del Señor, casi planteado por las mismas piedras: «¿Qué pensáis vosotros acerca del Mesías?» (Mt 22:42); «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16:13). 

Reverenda Madre, yo me quedo siempre «pasmado», como se suele decir, cuando reflexiono pensativamente sobre el misterio histórico más evidente de nuestros días: el regreso de Israel a Palestina. ¡Es una «señal de los tiempos» de tan gigantesca grandeza que deja realmente pasmados a todos los que tratan de indagar su valor! ¿Qué significa en el plan de Dios? O sea: ¿en el plan de la nueva plenitud de los tiempos hacia la que se encamina la historia de la Iglesia y de las naciones, y que se caracteriza (como dice san Pablo) por la doble «plenitud» de las naciones y de los hebreos?

[…]

Pero hay otra cosa, Reverenda Madre: el misterio de Ismael (es decir, del Islam y, por lo tanto, de todo el mundo árabe, en muy gran parte musulmán), misteriosa y orgánicamente relacionado con el misterio de Israel.

Dígame, Reverenda Madre: ¿dónde estaba hace diez años la «vitalidad» de este mundo árabe? Casi ni existía. Pues bien: vuelve Israel, dramáticamente, a Palestina; y he ahí, dramática, imprevistamente, el pleno despertar de todo el mundo árabe, ¡el Islam entero!

Los dos «despertares» (Israel e Ismael) conforman uno solo: ¡se condicionan el uno al otro!

¿Cómo puede ser? ¿Por qué ni el más precavido de los políticos ni toda la fuerza política, militar o social de las naciones consiguen impedir o contener estos hechos históricos? ¿Cómo puede ser? ¿Por qué? ¡Sólo el misterio de la plenitudo judaeorum (cuya amplitud abarca, en el plan de Dios, no sólo Israel, sino también Ismael: Gén 17:17-19) puede dar una respuesta a estas preguntas que se escapan a un análisis puramente racional de la historia! ¿Cómo puede ser? ¿Por qué? Porque la misteriosa pero efectiva atracción hacia Cristo pertenece solidariamente a Israel e Ismael: ambos se sienten atraídos hacia la Casa del Padre que les ve llegar desde la terraza con amor y les espera (Lc 15:20). 

¡Bajo la apariencia –dramática? de la disputa actual, está (por muy extraño que parezca) la realidad profunda de una común y fraternal vocación religiosa, histórica y civil!

No se olvide, Reverenda Madre, del misterio de las apariciones marianas de Fátima (nombre de la hija predilecta de Mahoma) y de las tan delicadas páginas que el Corán le dedica a María, la Madre Virgen del Verbo de Dios (como dice textualmente el Corán). 

No sólo esto: este misterio de la plenitudo judaeorum –visto en toda su amplitud, que incluye también el misterio de Ismael? nos da cuenta a su vez, de alguna manera, de la extraordinaria fermentación histórica de un continente entero (África, la blanca y la negra).

Reverenda Madre, ¿quién habría podido prever hace unos años la génesis tan vital y rápida de tantos pueblos y tantos Estados del África negra (y blanca)? ¡Una génesis que ha cambiado realmente la estructura histórica y política de Europa, del Mediterráneo y del mundo! Pues bien: ¡un análisis político atento no puede dejar de encontrar un profundo nexo de causalidad entre el regreso de Israel, el despertar de Ismael y la génesis histórica y política del continente africano entero!

¿Y Asia (India, China, etc.)? Aquí el discurso se vuelve más complejo, pero una cosa resulta cada vez más evidente: los dos misterios paulinos de la «plenitud de las naciones» y la «plenitud de los hebreos» comparten un nexo que los vuelve dependientes recíprocamente el uno del otro: se mueven, en el fondo de la historia, el uno hacia el otro y, juntos, constituyen la finalidad del movimiento total de la historia de la Iglesia y de los pueblos.

En cualquier caso, ¡ambos son el valiosísimo e insustituible «catalejo» con el que se descubre el «movimiento» de los «soles» (de las naciones) en el cielo de la historia!

¿Adónde van la historia de la Iglesia y la de los pueblos? ¿Adónde? Reverenda Madre, ahora ya podemos contestar con claridad y precisión de términos: van (no obstante y a pesar de todo) hacia la nueva plenitud de los tiempos; hacia la «plenitud de las naciones y de los hebreos» (como dice san Pablo). Es decir, van hacia tiempos históricos análogos a los de Augusto y Virgilio: hacia tiempos en los que el cuerpo de las naciones quedará compuesto orgánicamente bajo la unidad y la paz, y constituirá así la premisa y la condición históricas adecuadas para la fermentación cristiana de todos los pueblos, naciones y civilizaciones de la tierra: «... recobraron la vida y reinaron con Cristo mil años» (Apoc 20:4). 

[…]

Reverenda Madre, permanezcamos fuertemente unidos los unos a los otros, en una oración y una adoración incesantes: en la misma barca rezando y remando, el viento del Espíritu Santo no dejará de soplar felizmente sobre nuestras velas y de encaminar así nuestra nave, por encima de toda resistencia, ¡hacia las playas de la gracia y de la paz!

Suyo en Cristo,

La Pira 


Fiesta del Nombre de Jesús de 1961 (2 de enero)



P.D.: Casi con toda probabilidad la elección del alcalde de Florencia tendrá lugar durante la octava de la Epifanía (el 3 de enero) entre las 20 y las 24 horas.