A las monjas de clausura - la segunda sesión del Concilio (1963)


 

 


Reverenda Madre:

He aquí los pensamientos que se asomaban a mi corazón y a mi mente ayer por la mañana mientras asistía en San Pedro a la tan solemne ceremonia de apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II. Ante todo, Reverenda Madre, ha pasado menos de un año desde la apertura del concilio (el 11 de octubre, fiesta de la Maternidad de María); Juan XXIII, que lo «pensó», lo inauguró y lo encauzó hacia los mayores objetivos de la historia presente de la Iglesia y del mundo (la unidad de la Iglesia, la paz de las naciones, la iluminación espiritual de los pueblos) ha muerto (como murió Moisés en el monte Nebo tras ver el Jordán y la Tierra Prometida: Dt 34: 1 ss.); Pablo VI sucedió a Juan XXIII –como Josué a Moisés? al mando de la Iglesia y de los pueblos; y henos aquí ahora (tres meses después de la elección de Pablo VI) en la apertura de la segunda sesión del concilio.

En apariencia no ha cambiado nada: la misma y tan solemne ceremonia del año pasado; todo el episcopado católico presente en San Pedro (todas las naves de las Iglesias de todo el mundo en torno a la nave de Pedro); presentes –como el año pasado? los «observadores» de todas las Iglesias separadas de Oriente y Occidente (es más, cuyo número ha crecido: el área se ha ampliado también a los «observadores» de religiones diferentes de la cristiana); presentes los representantes de las naciones; presentes miles y miles de fieles. Todo como el año pasado, excepto la persona del pontífice. 

Y sin embargo, Reverenda Madre, ¡qué cambio radical, en apenas un año, en la historia de la Iglesia y del mundo!

De hecho, el contexto histórico en que se abre esta segunda sesión del concilio es, en cierto sentido, completamente nuevo; y el porqué de esta renovación es fácil de precisar: porque las puertas abiertas por la infinita esperanza teologal de Juan XXIII ya han visto pasar, en cierto sentido, los dones realmente «divinos» que el Señor, a través de su Iglesia, desea ofrecer a las cristiandad y al mundo entero: ¡la unidad y la paz!

Sí, Reverenda Madre, es totalmente cierto: la unidad de los cristianos –en la que parecía una utopía pensar hace unos años? felizmente ya ha pasado (en este sentido) a través de las puertas de esperanza y caridad abiertas por Juan XXIII convocando e inaugurando el concilio ecuménico; y la paz de las naciones –en la que parecía una utopía pensar hace unos años? felizmente ya ha pasado (en este sentido) a través de las puertas de inmensa esperanza e infinito amor abiertas por Juan XXIII a todo el género humano con el concilio y la Pacem in terris. 

[…]


Reverenda Madre:

Lo cierto es que la guerra nuclear –es decir, la guerra que destruiría el mundo, que partiría en dos la tierra, con la que se extinguiría el género humano, de estructura y configuración realmente apocalíptica? ¡no va a tener lugar!

Y esta certeza de la paz nuclear entre las naciones lleva una fecha (5 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de las Nieves); y lleva un sello y un nombre: el sello del Pescador y el nombre de Juan XXIII. Es verdad: Juan XXIII ya había muerto (dos meses antes) cuando se cerró el acuerdo de Moscú; pero no cabe ninguna duda de que ese acuerdo nuclear tenía sus raíces en él; en la Pacem in terris; en las visitas de los jefes responsables del mundo a los que había recibido con tan sobrenatural confianza (pensemos en Adjubei: o sea, en el mismo Kruschev, sustancialmente); en el concilio concebido y abierto gracias a su inspiración; ese acuerdo, en una palabra, llevaba el sello del Pescador y el nombre de Pedro (de Juan XXIII).


Reverenda Madre:

No soñamos, sino que transcribimos la realidad: ¡porque es justo así! El acuerdo de paz de Moscú –con el que da inicio la nueva época histórica de la paz del mundo: ¡época de milenios!? ha florecido milagrosamente (si bien de manera indirecta) a partir del concilio; es la respuesta que el mismo Dios –por así decir? ha dado a la inmensa y paterna esperanza de Juan XXIII, del concilio, de la Pacem in terris; es un «milagro» de la Iglesia: es el «milagro» de Juan XXIII. 

Hay que tener el valor de decir que si la paz ha florecido en el mundo, este florecer tiene (en cierto sentido) una sola raíz: Juan XXIII. Es cierto, el pacto de Moscú lleva la firma de dos: Kennedy y Kruschev (los dos máximos responsables de la paz de las naciones); pero quien ha inspirado esas dos firmas, quien ha cogido –por así decir? las dos manos y las ha «obligado» amorosamente a firmar es Juan XXIII; para ser aún más exactos: ¡es el mismo Cristo –príncipe de la paz? quien ha obrado a través de Pedro (a través de Juan XXIII)!

Cuando, en los próximos siglos, se analice este punto de génesis de la nueva historia del mundo (de la paz milenaria de las naciones) se dirá: la paz que se inició el 5 de agosto de 1963, tuvo como autor a un promotor de paz que Dios había dado a la Iglesia y al mundo: ¡y ese fue Juan XXIII!

[…]

Reverenda Madre, ¡todavía no hemos pensado lo suficiente en el significado que tiene el don de la paz que el Señor –precisamente a través de Juan XXIII, el concilio, la Iglesia? ha ofrecido al mundo! La palabra «paz» resume (a todos los niveles: desde el interior de las almas hasta el exterior de las naciones), por así decir, la suave voluntad del Padre celeste, y el don entero de la Encarnación: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad», anuncian los ángeles en Belén sobre la cuna del Redentor. La «intención final» de Dios en la historia de Israel, de Jerusalén, de las naciones (como se revela a través de los profetas) está contenida en esta palabra bendita: la paz florecerá en Israel; se dará la paz en Jerusalén; y con la paz florecerá la tierra; ¡florecerá el olivo, el trigo, la vid!

Cuando Cristo nace hay paz en el mundo (¡Augusto en Roma! ¿Recuerda la circular de las Navidades de 1960?)

[…]

Reverenda Madre, ¿es éste un don pequeño? ¿Acaso no decimos a todas horas: «danos hoy nuestro pan de cada día»? Pues he aquí la respuesta más que abundante del Padre que está en los cielos: he aquí el pan ampliamente ofrecido a todos los pueblos de la tierra (a los miles de millones que pronto vendrán a habitar nuestro planeta). Nutrir, dar de beber, vestir, dar una casa, dar trabajo, liberar, curar: ¿acaso no es todo esto un don de Cristo, o mejor, ofrecido al mismo Cristo? (¡«A mí me lo habéis hecho»! Mt 25:21 ss.) ¡Qué don nos ha ofrecido, Reverenda Madre, al ofrecernos la paz! Paz mundial, paz milenaria; paz «apocalíptica» realmente; es decir, ¡paz que se puede evaluar tan sólo si se piensa en la posible destrucción apocalíptica a la que el mundo se habría enfrentado con la guerra!

Divisoria apocalíptica: ¡por un lado la destrucción del mundo con la guerra, por el otro la construcción del mundo con la paz!

¿Es poca cosa que el Señor –promoviendo a Juan XXIII, el concilio, la Pacem in terris? haya inducido a los responsables del mundo a elegir la paz? ¡Qué don, qué milagro, y todavía no hemos agradecido lo suficiente –nunca lo haremos de la manera adecuada? al Señor por este don de amor sin comedimiento ni mesura!

Pensemos también, Reverenda Madre, en esto: que el florecer de la paz en el mundo no es un hecho (digámoslo así) solamente político y exterior, sin efectos de inmenso valor ?¡en cierta manera constitutivos!? para que se expanda la gracia y la Iglesia por las almas y los pueblos.

No: ¡la paz mundial milenaria introduce, por así decir, el avance de la gracia y de la Iglesia en la historia de los hombres! ¡Bate el terreno, quita las piedras con las que se puede tropezar durante este «camino de Cristo» en el mundo!

Es como en tiempos de Augusto: la paz de los pueblos ha florecido; ¡Cristo nace en Belén!

¡Hoy igual!

La paz mundial amanece: y amanece también la unidad de la Iglesia; así como amanece la iluminación del mundo (con la crisis inevitable, ya iniciada, del ateísmo y con el «inevitable» regreso a Cristo, ya iniciado, de Rusia y de los pueblos de Europa y el mundo).


Reverenda Madre: 

¡Por eso decía al principio que esta segunda sesión del concilio se encuentra con una historia de la Iglesia y de las naciones, en cierto sentido, radicalmente cambiada!

[…]

Ahora se trata de que todos tomemos consciencia de estos hechos de manera responsable y profunda; de precisar y casi medir los términos del gran diálogo que Cristo –a través de la Iglesia y el concilio? ha emprendido, a día de hoy, no sólo con toda la cristiandad (la unidad de la Iglesia), y con todos los hijos de Abraham (Israel e Ismael), sino con todo el género humano y el mundo civil actual (a todos los niveles).

La «magna quaestio mundi», en esta milenaria época histórica, es esa, sólo esa: ¡es Cristo! «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?»

Cuando decimos estas cosas, ¡no queremos esconder los lados sombríos (tan serios) que todavía presenta la realidad histórica del mundo!

[…]

Pablo VI –en su discurso de ayer? sacó a la luz estas sombras; no para negar las grandes aperturas de Dios hacia la unidad de la Iglesia, la paz de las naciones, la iluminación de los pueblos, ¡sino para medir –por así decir? la profundidad y la magnitud del empeño con que los cristianos y los pueblos de todo el mundo están llamados a cumplir (rezando, reflexionando y obrando) la voluntad de Dios en la historia presente y futura de la Iglesia y del mundo!

Así, Reverenda Madre, esta segunda sesión del concilio (¡la sesión de Pablo VI, de Josué!) se sitúa en el gran contexto y la inmensa perspectiva de la nueva época histórica del mundo.

Ha pasado apenas un año: es más, menos de un año; ¡y parece que hayan pasado mil años, por los intensos acontecimientos –causados precisamente por esta segunda sesión del concilio? que han tenido lugar en la historia de los hombres!


Reverenda Madre:

¿Por qué esta enorme velocidad de la historia de la Iglesia y de los pueblos? La respuesta es evidente: ¡el espíritu de Dios atraviesa –como en Pentecostés? la superficie de la tierra; sacude el alma de los pueblos; enciende de nuevo, con luz sobrenatural –a pesar de todo? el rostro de las naciones! ¡Emitte Spiritum tuum et creabuntur et renovabis faciem terrae! 

[…]

Usted lo comprende, Reverenda Madre: cuando se habla de Iglesia rusa se habla también de una cierta situación política muy compleja y difícil; ¿cómo se iba a pensar que el punto de un tejido tan grueso se rompería así de fácilmente? Y sin embargo esta ruptura ha tenido lugar (¡las puertas de la prisión de Pedro –recuerda? se han abierto milagrosamente!) y la Iglesia rusa ha acudido a Roma (piense en la visita del metropolitano Nicodemo a Pablo VI, el 15 de octubre, fiesta de la Virgen de los Dolores).

[…]


Reverenda Madre:

Cuando decimos estas cosas hablamos de ellas casi con conocimiento experimental; de alguna manera, ¡hemos sido los testigos más directos de estos milagros! ¿Recuerda? Desde hace justamente diez años le pedimos al Señor estos «milagros»; ¡y hemos visto pasar ante nuestra mirada acontecimientos que nos han impresionado realmente! ¡Es suficiente ir hacia atrás con la memoria volviendo a leer nuestras cartas!


Reverenda Madre:

¡A qué puertos ha llegado ya la nave de la Iglesia! Ahora ha tocado también Israel e Ismael (¿quién lo hubiera pensado hace unos años?); el «lema unificador» de la Iglesia (la plegaria del Señor: ¡que sean una sola cosa, habrá un solo rebaño!) embiste también a Israel, a Ismael (Pablo VI extiende a ellos también las «invitaciones» al concilio); ¡embiste al mundo entero!

¿Quién hubiera pensado en todo esto hace sólo uno o dos años?

El espíritu de Dios avanza: unifica al pueblo de Dios (... ut congregaret in unum: Jn 11:52), pacifica las naciones (justitia et pax osculatae sunt) y les lleva la luz de Dios (vos estis lux mundi).

Y todo esto tiene lugar, con extrema rapidez y de manera muy especial de un año a esta parte: ¡del 11 de octubre de 1962 a este 29 de septiembre de 1963! ¡En este primer año del concilio! 

Ya lo sé, Reverenda Madre: está la objeción del «comunismo ateo», del «marxismo ateo»; de su extensión geográfica y política que ocupa, de alguna manera, ¡alrededor de un tercio de la tierra!

Y sin embargo, Reverenda Madre, permita que le diga esto: ¡cuántos acontecimientos se han producido, y qué «milagrosos», precisamente durante este año, en este «espacio adverso», en este «bando enemigo»!

¡Todavía no hemos comprendido a fondo la obra que el Espíritu Santo –a través de Juan XXIII y del concilio? ha llevado a cabo durante este año precisamente en ese espacio y en ese bando!

El Señor está «en movimiento»; ¡el arco de Dios sacude a esos pueblos y les recuerda su destino cristiano y su vocación cristiana! 

[…]

El máximo punto débil es el ateísmo: ¡la crisis aquí –si no erramos? ha llegado al límite de ruptura!

¿Una prueba muy reciente, de este año? Hela aquí: el libro de Tendriakov, titulado «Extraordinario».

La trama del relato está constituida por el hecho «extraordinario» del descubrimiento casual, en una escuela, ¡del diario religioso de una alumna y de la fe cristiana de un profesor de matemáticas! ¡Acontecimiento que revoluciona a toda la escuela, a todas las familias, a todo el pueblo!

Pero como entonces, cuarenta y seis años después del inicio de la revolución atea de octubre, ¡Dios sigue turbando ?y de qué manera? a la juventud y a la inteligencia rusas!

La gracia de Cristo trastoca todos los planes: ¡invade las almas, rompe todos los esquemas, se abre camino en cada escuela, en cada casa! ¿Y entonces?

Tras el clamoroso «caso Pasternak» ?auténtico y gran testigo de Cristo resucitado y en pleno ateísmo materialista? este libro de Tendriakov da que pensar realmente: el caparazón ateo se despedaza; ha llegado su punto de crisis; la acción de Dios se ha vuelto (¡eso parece!) irresistible; es el punto más débil de todo el sistema: tiene que caer; ¡esta caída condiciona la paz y la unidad efectivas del mundo!

¿Caerá?

Nosotros creemos que sí, Reverenda Madre; y caerá pronto (¡al menos eso esperamos!). Arroja luz sobre ello la suave profecía de Fátima: «Rusia se convertirá y habrá paz en el mundo».

¡Lo cierto es que, durante este año de concilio, el avance de la gracia en esta dirección ha superado (si se mira dentro de la acción de fondo) todos los límites!

[…]


Reverenda Madre:

Permítame que ahora, para concluir esta circular, añada algunas reflexiones relacionadas con la tan significativa fecha de apertura de la segunda sesión del concilio: es decir, sobre la coincidencia de esta fecha con la festividad de San Miguel Arcángel. Estas reflexiones las hacía yo en mi corazón, ayer por la mañana, durante la ceremonia en San Pedro. Me decía: ¿por qué esta coincidencia con la festividad de San Miguel? Es sin lugar a dudas una coincidencia deliberada: el Santo Padre –aplazando la fecha de apertura del 8 al 29 de septiembre? ¡ha obedecido a buen seguro a un movimiento interior de su alma! El año pasado el concilio se inauguró bajo la mirada materna de María (Madre de la Iglesia y de todo el género humano: ¡ecce Mater tua!); este año se inaugura bajo la mirada victoriosa del arcángel Miguel, el defensor del pueblo de Dios (del Israel antiguo y nuevo: Daniel), el que venció a Satanás (Apoc 12:7 ss.) e introdujo la historia de la Iglesia y de los pueblos en la época de la majestad de Cristo, de María y Sus santos (Apoc 20:1 ss.; 14:6 ss.; etc.). Tiene que haber una razón sobrenatural (me dije) en este cambio de fecha: la Providencia nunca hace las cosas al azar; hasta en los «detalles» de sus planes hay una razón («tenéis contado hasta el último cabello de vuestra cabeza»); ¿cuál puede haber sido esta razón (me dije), que da un significado específico a esta fecha?


Reverenda Madre:

Esta es la respuesta que me vino a la cabeza. Me dije: cojamos los dos libros inspirados (Daniel y el Apocalipsis) en los que se define el lugar que ocupa san Miguel en el plan de Dios (en el plan histórico de la gracia y la salvación) y tratemos de ver «a contraluz», es decir, a la luz de esta misión que el Señor asigna al arcángel san Miguel en la historia de la Iglesia y de los pueblos: ¿qué significado asume entonces, vista bajo esta luz, la elección de la fecha de San Miguel Arcángel para el inicio de la segunda sesión del concilio?

[…]

Reverenda Madre, ¿un sueño? ¡Los «sueños» también tienen (en cierto sentido) su significado en el plan de Dios y en su avance histórico!

Y sin embargo todo esto no me parece un «sueño»: ¡me parece casi una realidad!

De hecho, ¿por qué no podemos hacer nuestras –al inicio de esta segunda sesión del concilio? las palabras de victoria del Apocalipsis? «Maravillas sin cuento has realizado, Señor Dios, dueño de todo; recto y fiel es tu proceder, rey de las naciones. ¿Cómo no temerte, Señor? ¿Cómo no engrandecerte? Sólo tú eres santo. Todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, porque tus designios de salvación se han hecho manifiestos» (Apoc 15:1 ss.). «El Señor Dios nuestro, dueño de todo, ha establecido su reinado» (Apoc 19:6). 

Anuncio de victoria, por un lado, y anuncio de derrota, por el otro: «Vi también otro ángel que volaba por lo más alto del cielo. Tenía un evangelio eterno que anunciar a los habitantes de la tierra; a todas las razas, naciones, lenguas y pueblos. Decía con voz poderosa: “Temed a Dios y dadle gloria, porque ha sonado la hora del juicio. Adorad al creador del cielo y de la tierra, del mar y de los manantiales de agua”. Un segundo ángel lo seguía, proclamando: “¡Por fin cayó la orgullosa Babilonia, la que emborrachó al mundo entero con el vino de su desenfrenada lujuria”» (Apoc 14:6 ss.; cfr. Apoc 18:1 ss.; 19:1 ss.; 20:1 ss.).

Mensaje de victoria vinculado orgánicamente a un mensaje de derrota: la victoria de Cristo resucitado, Rey de las naciones por un lado (Apoc 19:16); por el otro, ¡la derrota de Satanás y de la bestia que surge del mar (Apoc 13:1; 19:12) y de la que surge de la tierra (Apoc 13:11; 19:1 ss.)! 


Reverenda Madre:

¿Soñamos? Y sin embargo, mire en perspectiva la historia presente y próxima de la Iglesia y de las naciones; mírela con los ojos sobrenaturales con que la miraron Pío XII y Juan XXIII; con que la mira (aunque no vela sus densas sombras) Pablo VI: ¿no lo ve? ¡La derrota definitiva de la «bestia» del ateísmo materialista es un dato, en cierta manera (en perspectiva, si bien reducida), ya adquirido en la historia de Dios y de las naciones!

[…]

Dios está «rompiéndolo todo»: está rompiendo todos los diques, ¡el agua de la gracia de Dios empieza a filtrarse por todas partes! Esta acción ganadora de Cristo se vuelve cada día más irresistible e impetuosa (Apoc 19:11 ss.); ¡el último libro de Tendriakov es una pálida imagen de esta impetuosa «penetración» de la gracia en las almas!

La victoria está a las puertas, la hora definitiva está al caer (Apoc 22:10).

[…]

Reverenda Madre, rece, con mucho y sobrenatural afecto, y haga que recen mucho sus monjitas y la dulce Madre del cielo, por mí.

Suyo en Cristo,

La Pira


San Jerónimo (30 de septiembre)

Ángeles Custodios (2 de octubre de 1963)