La segunda sesión del Concilio (1963)


 


[…] ¡esta segunda sesión del concilio se encuentra con una historia de la Iglesia y de las naciones, en cierto sentido, radicalmente cambiada!

La unidad (inicial) de la Iglesia, la paz (inicial) de las naciones y la iluminación (inicial) de los pueblos han atravesado ya, en cierta manera (de manera inicial), las puertas que tan osadamente había abierto Juan XXIII: ¡spes contra spem!

[…] Ahora se trata de que todos tomemos consciencia de estos hechos de manera responsable y profunda; de precisar y casi medir los términos del gran diálogo que Cristo –a través de la Iglesia y el concilio? ha emprendido, a día de hoy, no sólo con toda la cristiandad (la unidad de la Iglesia), y con todos los hijos de Abraham (Israel e Ismael), sino con todo el género humano y el mundo civil actual (a todos los niveles).

[…] Cuando decimos estas cosas, ¡no queremos esconder los lados sombríos (tan serios) que todavía presenta la realidad histórica del mundo!

[…] Pero esa no es la cuestión: es reconocer que, a pesar de ello –o mejor, tal vez a causa de ello? el Señor ha querido ofrecer a la Iglesia y a los pueblos el don de una época histórica nueva, en la que la paz, la unidad y la luz están destinadas a florecer a pesar de todo!

¡Los pueblos se encaminan de manera gradual, lenta, pero irresistible, hacia estos dones que el Señor les quiere ofrecer y efectivamente les ofrece!

Y este concilio ecuménico –empezado por Juan XXIII y proseguido por Pablo VI? es precisamente la señal reveladora y la herramienta para ejecutar (en cierto sentido) esta voluntad del Padre que está en los cielos. ¡Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!


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