La politica es un compromiso de umanidad y santidad

 

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[…] ¡Se puede estar pasando hambre y tener a Dios en el corazón! ¡Se puede ser esclavo y tener el alma liberada y consolada por la gracia de Dios! De acuerdo: pero esto me concierne a mí, no a los demás. Yo puedo, por mi cuenta, dar gracias a Dios por concederme el don del hambre, de la persecución, de la opresión, de la injusticia, de la injuria, etc.; pero si mis hermanos se encuentran en ese estado, es mi deber intervenir para socorrerles; si no lo hago, el Señor me lo dirá con palabras aterradoras el día del juicio: ¡estuve hambriento, y no me disteis de comer; estuve en la cárcel, y no me visitasteis! ¿Se alude tal vez a obras puramente individuales? También, pero no sólo a ellas; en este deber del amor activo está incluida –en los límites de las capacidades y posibilidades de cada uno‒ la transformación social.

[…] ¡Que no se diga la frase habitual y poco seria: la política es una cosa «fea»! No: el compromiso político –es decir, el compromiso dirigido a la construcción cristianamente inspirada de la sociedad en todos sus ordenamientos, empezando por el económico, es un compromiso de humanidad y santidad: un compromiso que ha de poder canalizar hacia él mismo los esfuerzos de toda una vida tejida de oración, meditación, prudencia, fortaleza, justicia y caridad.