a Juan XXIII - servir siempre y sólo al Señor

 

Santísimo Padre:

Perdóneme, pero, ¿cómo no le iba a escribir cuando ciertas cosas apremian en el corazón y se siente la necesidad de depositarlas en el corazón del Padre?

El artículo del cardenal Ottavini nos ha herido. Es cierto, hay que decirlo: bonum mihi Domine quia humiliasti me.

No obstante, Santísimo Padre, de una cosa no me siento culpable: de haber deseado ocupar un puesto en la vida pública italiana. ¡Nunca! Siempre se me ha obligado desde la autoridad a ser diputado constituyente, diputado, subsecretario, alcalde y ahora otra vez diputado. Siempre se me ha forzado desde la autoridad a entrar en las listas para las políticas y las administrativas; es decir, siempre a ejercer un oficio contra natura, en cierto modo. 

Y haya ido donde haya ido he ido siempre he tratado de ver las cosas según las enseñanzas de la Iglesia. Como es sabido, allí donde hay injusticias colosales (véanse Pignone, Cure, Galileo, desahucios y demás) no puedo –en cuanto hijo de la Iglesia‒ dejar de hablar: sentiría repugnancia si siguiera en silencio. 

Una vez más: siempre he estado al lado de mi arzobispo como un hijo, él mismo puede dar fe de ello. 

Además, monseñor Dell’Acqua puede decirle todas las cartas que le he escrito –podría decirse que en toda circunstancia relevante, ya fuera ésta gozosa o dolorosa‒ al pontífice Pío XII.

¿Y entonces? Con hombres como yo, deseosos de cortar con la vida pública para regresar a la celda de la meditación, del estudio y de la oración, en el fondo todo se simplifica: basta con permitir que yo vuelva a «mi lugar», al que me conduce mi vocación interior. Nunca me olvido, y lo llevo siempre en el corazón, del gran principio de santo Tomás: summum quidam et perfectum bonum hominis est Dei fruitio.

A pesar de todo, siento en el fondo de mi alma una cosa que me consuela: haber querido servir siempre y sólo al Señor a través de Su Iglesia.

Puedo haberme equivocado y puedo seguir equivocándome, pero mis intenciones siempre han sido rectas, siempre he actuado al lado de mi arzobispo y siempre he hablado claro, con claridad, franqueza y firmeza cristianas, delante de todos y en todas las situaciones.

Y ahora ‒o mejor, desde hace ya años‒ no espero más que una cosa: no volver a ser causa de conflictos y retirarme en la paz de mi habitación. ¿Podría pedir algo más sencillo?

Perdone por este desahogo de hijo, Santísimo Padre, pero, ¿a quién se dirigen las ovejas azotadas? Al pastor. Y eso es lo que hago yo con esta carta, seguro de que encontraré refugio y consuelo en su corazón de pastor y de padre. 

Deme su bendición y rece a la Virgen por mí,

La Pira


San Policarpo (26 de enero) de 1959 


P.D.: Qué acontecimiento el de ayer (la convocación del concilio), su alcance es inmenso, a nivel sobrenatural e histórico: ¡gracias! Y que la Virgen le conceda la gracia de poder ver a la Iglesia en paz y unidad.