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a Juan XXIII-peregrino de la unidad

Santísimo Padre:

Ayer regresé de mi viaje a Egipto: la última etapa fue Estambul, la primera Damieta. Le escribiré largo y tendido sobre ello. Mientras tanto, he aquí las conclusiones que he sacado de este viaje rezando, viendo, hablando y reflexionando.

Egipto es un espejo en el que se reflejan, en pequeña escala, todos los problemas fundamentales de la Iglesia y de las naciones. 

Estos problemas son, en resumen, los siguientes: 

1) la paz de las naciones –en el Mediterráneo y en el mundo‒; 

2) la promoción social, política y cultural de los pueblos; 

3) la unidad de la Iglesia; 

4) la unidad orgánica –y no mecánica‒ de las naciones árabes; 

5) la convergencia de las tres culturas mediterráneas: cristiana, islámica y hebrea. 

Estos problemas se los presenté a Nasser durante la larga, cordial y concreta entrevista –de una hora y media‒ que tuve el jueves ‒¡Santa Inés!‒ con él.

Me escuchó con muy vivo interés, y la señal de su «agradecimiento» son los dos telegramas que me envió ayer a Florencia y que he encontrado encima de mi mesa nada más volver. 

Pues bien, Santísimo Padre: un año después de la convocación –o mejor, del anuncio‒ del Concilio Ecuménico, podemos decir que la historia religiosa y política del mundo se está moviendo por completo hacia esta finalidad, sobrenatural e histórica a la vez, que es la unidad de la Iglesia.

He visto a todos los patriarcas (católicos y separados), tanto en El Cairo (coptos) como en Alejandría (griegos) y Estambul: ¿la conclusión? La «barca de Dios» está en pleno movimiento, y su proa se dirige hacia un solo punto: la unidad de la Iglesia. 

Esto no es ni retórica ni fantasía: es la pura realidad. ¡El Espíritu Santo sopla sobre la vela de la barca y la mueve irresistiblemente hacia el puerto de la unidad!

El viernes por la noche el patriarca Atenágoras me decía: «es preciso que los patriarcas vayamos a hablar con el Santo Padre, ha llegado el momento de que viajemos todos unidos, ahora, en este punto esencial de la historia del mundo». Y luego añadió: «¡fuit homo missus a Deo cui nomen erat Iohannes!». Y me dijo también: «Notifíqueselo al Santo Padre, nos gustaría que nos recibiera, ¡es un momento tan importante!» Y luego: «Llévele estos dulces, ¡son una señal y una prueba de amor hacia él!»

Santísimo Padre, ¿qué es todo esto? Es Pentecostés, usted lo había dicho: el Espíritu del Señor se cierne sobre las aguas de la historia, una historia que cada año –como este año mariano de 1960‒ se vuelve más milagrosa: los acontecimientos «se precipitan», y la Iglesia se eleva cada vez más; ciudad sobre el monte; punto de irresistible atracción para todas las naciones (¡incluida la URSS!).

¿Quién habría podido prever esto hace un año? Y sin embargo el desarrollo de los acontecimientos ha sido realmente extraordinario, y esto es sólo el principio, ¡porque veremos otros mayores –casi espectaculares‒ en estos meses que seguirán!

Pues bien, Santísimo Padre, supongamos que la Iglesia copta se une a Roma (lo cual es más que probable): ¿con ello no tendrá lugar un desplazamiento esencial en los equilibrios incluso políticos e históricos de los pueblos árabes, de religión musulmana? ¡Desde luego! ¡Todo el espacio musulmán y árabe estará fuertemente –casi sustancialmente‒ influenciado por este hecho religioso! 

Y supongamos también que las demás Iglesias de Oriente (Constantinopla, Alejandría, etc.) regresan a Roma: ¿todo ello no producirá desplazamientos esenciales en los equilibrios políticos e históricos de Oriente Medio y del mundo entero?

¿Y qué decir de los desplazamientos políticos e históricos que traería consigo «el acercamiento» ‒hasta la unidad‒ de la Iglesia rusa?

Santísimo Padre, cuánto se entiende, en esta perspectiva histórica concreta el significado inmenso, ¡divino!, de la oración de Jesús: ... ¡ut cognoscat mundus!

El problema de la unidad de la Iglesia toca el mismo fondo del destino de los pueblos: es el problema esencial de su misma existencia, de su vocación, de su unidad, de su paz.

¡Si hay un problema político espectacular, un problema histórico espectacular ‒el problema de los problemas‒ es precisamente el de la unidad de la Iglesia!

Lo fue en el pasado, con la dolorosa y trágica ruptura; lo es en el presente, con la feliz y suave esperanza de unión. 

¡Fuit homo missus a Deo cui nomen erat Iohannes! 

He aquí la conclusión de mi viaje, he hablado de ello largo y tendido con el nuncio (monseñor Oddi), ¡podrá referírselo! 

También hablé de ello con el delegado apostólico de Estambul (monseñor Lardone), y en todas partes hablamos siempre de usted: hablaban de usted las «cosas» de Estambul; las personas de Estambul; ¡Santa Sofía!

Santísimo Padre, volveré a escribirle.

Vivimos en una época de tan misteriosa grandeza: una auténtica primavera de Dios ‒¡a pesar de todo!‒ en la historia de los hombres. 

Gracias por todo, Santísimo Padre, y denos siempre su bendición paterna. 

Suyo como un hijo,

La Pira

 

Víspera de la Conversión de San Pablo de 1960 (¡un año después de la convocación del Concilio Ecuménico!)

 

P.D.: En El Cairo vi también al Rey de Marruecos, al secretario de la Liga Árabe y a personalidades destacadas de la cultura y de la política (cristianas y musulmanas), le mandaré toda la documentación.

A Nasser le dije: ¡estoy seguro de que el Santo Padre estará encantado de recibirle cuando venga a Italia! Ese recibimiento será una bendición para todo Egipto y para todo el mundo árabe.

A Nasser le alegró mucho esto. En Alejandría vi al patriarca griego católico Máximos: alguna pena afligía su corazón. Me permití decirle que volviera a poner esas «espinas» en el corazón del Santo Padre, escribiéndole: ¡esas espinas podrán transformarse en rosas! Descuide, la unidad de la Iglesia es un movimiento irresistible del Espíritu Santo; como dijo el Santo Padre: ¡las dificultades serán vencidas y el alba de la unidad despuntará ciertamente en el horizonte de la Iglesia y del mundo!