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Juan Pablo II habla de La Pira


 

Es para mí un honor darles una cordial bienvenida a este encuentro, que se sitúa en el contexto de las celebraciones por el centenario del nacimiento del profesor Giorgio La Pira. Un saludo a cada uno de ustedes y a las ciudades que representan. Saludo, de forma especial, al cardenal Ennio Antonelli, arzobispo de Florencia, así como al alcalde de dicha ciudad y presidente de la ANCI, el señor Leonardo Domenici, al que le agradezco las palabras que me ha dirigido en referencia al servicio prestado por Giorgio La Pira a la causa de la convivencia fraterna entre las naciones. A este respecto, he apreciado que su asociación, precisamente para recordar de manera tangible ese esfuerzo por favorecer la amistad entre los pueblos que se remiten a Abraham –judíos, cristianos e islámicos‒, haya decidido ofrecer una ayuda concreta al Caritas Baby Hospital de Belén. 

Les expreso mi cordial aprecio por este generoso gesto que tanto honra la memoria de Giorgio La Pira, figura eminente de la política, la cultura y la espiritualidad del siglo que acaba de transcurrir. 

Delante de los poderosos de la tierra expuso con firmeza sus ideas de creyente y de hombre que amaba la paz, invitando a sus interlocutores a un esfuerzo común para promover este bien fundamental en los diversos ámbitos: en la sociedad, en la política, en la economía, en las culturas y entre las religiones. 

En la teoría y en la práctica política, La Pira advertía la exigencia de aplicar la metodología del Evangelio, inspirándose en el mandamiento del amor y del perdón. Siguen siendo emblemáticos los Congresos por la Paz y la Civilización Cristiana que promovió en Florencia de 1952 a 1956 con el objetivo de favorecer la amistad entre cristianos, judíos y musulmanes. 

En una carta a su amigo Amintore Fanfani, escribía palabras de una actualidad sorprendente: «Los políticos son líderes civiles, a los que el Señor confía, a través de las técnicas que van cambiando con los tiempos, el mandato de guiar a los pueblos hacia la paz, la unidad, la promoción espiritual y cívica de todos los pueblos y la de todos juntos» (22 de octubre de 1964). 

La de La Pira fue una experiencia extraordinaria de hombre político y de creyente, capaz de combinar la contemplación y la oración con la actividad social y administrativa, con una predilección por los pobres y los que sufren.

Mis muy queridos alcaldes, ¡que este testimonio luminoso pueda inspirar sus elecciones y acciones cotidianas! Siguiendo el ejemplo de La Pira, pónganse generosamente al servicio de sus comunidades, con una especial atención hacia los más jóvenes, favoreciendo también su progreso espiritual. No dejen de cultivar esos valores humanos y cristianos que conforman el rico patrimonio ideal de Europa. Éste ha dado origen a una civilización que a lo largo de los años ha favorecido el surgimiento de sociedades auténticamente democráticas. Sin fundamentos éticos la democracia corre el riesgo de deteriorarse con el tiempo e incluso de desaparecer. 

Gracias a la contribución de todos, el sueño de un mundo mejor puede hacerse realidad. ¡Que Dios le conceda a la humanidad el ver realizada esta profecía de paz!

Acompaño este auspicio con la oración, y les bendigo a todos de corazón.