Florencia y el Concilio

 

La Pira quiso que la ciudad de Florencia fuera partícipe y consciente de la importancia que tenía el concilio no sólo para la Iglesia católica sino para el mundo entero. Por eso organizó una serie de conferencias a las que invitó a teólogos y pensadores para que hablaran en un abarrotado Salone dei Cinquecento, en Palazzo Vecchio. Al inaugurar esta serie de encuentros, explicó así su sentido:

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Nosotros creemos (es nuestra «hipótesis de trabajo») en la llegada de una época histórica caracterizada por la unidad y la paz (y, por lo tanto, por el «florecimiento») de todos los pueblos y naciones de la tierra: esto es, en la transcripción histórica del anuncio de esperanza sobrenatural e histórica dado –hace tiempo‒ por los profetas del Antiguo y Nuevo Testamento (desde Isaías hasta san Pablo o san Juan). Creemos, haciendo nuestro el mensaje de Pío XII y de Juan XXIII, que esta época (a pesar de todo) ya ha comenzado, ¡y que madurará a lo largo de un «verano histórico» nunca visto por el género humano!

Así es como Florencia ve el Concilio Vaticano II: como un gigantesco acontecimiento destinado a actuar profundamente sobre la historia presente y futura no sólo de la Iglesia y de la cristiandad, sino también sobre la de todos los pueblos de la tierra. «Puerta de entrada» de la época nueva; «faro» destinado a marcar los puntos cardinales que orientan la navegación histórica de la familia de los pueblos entera. Y como el concilio de Jerusalén, tiene delante al mundo entero. 

[…]

Bajo la luz de este mensaje (y de esta «hipótesis de trabajo») nosotros vemos la conexión, ideal y en cierto sentido orgánica, entre el Concilio Ecuménico Vaticano II y el Concilio de Florencia de 1439, que fue precisamente (aparte de los resultados inmediatos) el concilio de la unidad y la paz de las dos partes igualmente esenciales del cuerpo de la Iglesia y de las naciones: ¡la de Oriente y la de Occidente!


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