Estatuto del Congreso Mediterráneo de la Cultura


(Preámbulo y conclusiones) 


La finalidad del Congreso Mediterráneo de la Cultura es reunir a algunos representantes de la cultura mediterránea, sea cual sea su credo religioso o nacionalidad, para promover de manera conjunta los valores en común. Los pueblos de las orillas del Mediterráneo tienen, lo quieran o no, un destino en común. Han ejercido una influencia decisiva en el pasado de la historia de la humanidad, por lo que es posible que sean llamados a jugar aún hoy un papel decisivo, al lado de las demás culturas mundiales. 

Esto supone en primer lugar que se establezcan relaciones personales entre los representantes autorizados de los diversos países mediterráneos. Hay que reconocer que los conflictos políticos e ideológicos hacen de estos encuentros un empeño especialmente difícil, pero también singularmente importante. Dada la influencia de los intelectuales en la civilización actual, estos encuentros pueden constituir un factor importante de paz. Son además una ocasión para conocerse recíprocamente que derriba los prejuicios y la ignorancia.

Este congreso supone la existencia de una cultura mediterránea en común, que se apoya tanto en la tradición bíblica –que aúna a los judíos, los cristianos y los musulmanes, y que identifica su raíz común en Abraham‒ como en el legado de la civilización greco-romana.

Así pues, la tarea principal del congreso deberá ser la de hacer un inventario de las estructuras constitutivas de la cultura mediterránea, ya para definir el genio mediterráneo a nivel literario, ya para poner de manifiesto sus líneas metafísicas, sus estructuras jurídicas y sus creencias religiosas. Está claro que todo esto no tiene sentido si mientras se prolonga esta tradición no se inventa un orden humano mediterráneo, fundado en la justicia y la felicidad, que constituya un elemento decisivo en la civilización mundial del mañana. 


Valores comunes

Las ciencias, la técnica, la producción masiva y la aceleración de los intercambios tienden a uniformar los modos de existencia y a imponer a todo el mundo un estilo de vida moderno en el que las diversidades locales se van borrando progresivamente.

La sociedad industrial crea una civilización planetaria que da lugar a un tipo de hombre cuyo modelo encontramos por todas partes, en detrimento de la supervivencia de las costumbres, las tradiciones y las lenguas.

[…] En la perspectiva abierta por la revolución del siglo XX, el Mediterráneo puede jugar todavía un papel motor […]; el humanismo mediterráneo no es en absoluto un conjunto de formas de pensar y de mitos ajenos al hombre del siglo XX. Nosotros pensamos que el Mediterráneo sigue siendo lo que era: una fuente inextinguible de creatividad, un hogar viviente y universal donde los hombres pueden recibir las luces del conocimiento, la gracia de la belleza y el calor de la fraternidad. 

La coyuntura histórica que vivimos, así como el choque de intereses y de ideologías que sacude a una humanidad a merced de un increíble infantilismo, restituyen al Mediterráneo una responsabilidad capital: volver a definir las normas de una mesura en la que el hombre del siglo XX, abandonado al delirio y a la desmesura, pueda reconocerse:

-liberar los valores tradicionales de los estereotipos que los momifican;

-sostener en todas las ocasiones la causa del Hombre contra las fuerzas que lo oprimen y lo obstaculizan para que no lo consiga;

-contener la desmesura del poder y de las pasiones;

-en resumen, trabajar para realizar de manera simultánea un mundo hecho a la medida del hombre por hombres hechos a la medida del mundo.