Encierra el infinito en tus versos


Todas las cartas de La Pira a Quasimodo que conocemos contienen una invitación constante a considerar que todos nosotros estamos llamados a la vía de la santidad (carta desde Viena, 1930).

Y al mismo tiempo a llamar la atención de su amigo sobre la gran fuerza espiritual de su poesía: … porque tú tienes la virtud de aparecerte ante mí en un fondo de infinito: de ese infinito luminoso y sereno que Jesús ha venido a desatar en las almas (ibídem). 

¡Tú eres poeta, en el sentido más sublime de la palabra! ¡Pero tienes que ser el dulce y poderoso juglar de Dios! (carta desde Múnich, 1928).

En una carta de 1927 ahonda más en este aspecto:


[…] Yo creo que el verso, cuando es perfecto, lo es porque supera lo finito con el infinito que ha fijado. Es un fragmento, pero completo, de la eternidad. La cual, aun encerrada dentro de los confines de la palabra humana no deja de mostrarnos su naturaleza divina. 

Es por eso que la poesía, el arte en general, no perece, sino que permanece, a pesar de las vicisitudes humanas. 

Donde el futuro está reforzado por el infinito, donde la palabra del hombre se apoya en la belleza de Dios, es ahí donde el tiempo no pasa en vano. 

[…] Ahora bien, yo no me engaño cuando pienso que con tu verso –feliz ganzúa que te permite abrir las casas místicas del alma‒ podrías encerrar notables fragmentos de misterio: de ese misterio iluminado e iluminante, tal y como nos lo da la revelación de Jesucristo.