Elecciones de 1976: cartas La Pira-Zaccagnini


 

Querido La Pira:

Me remito, como a ti mismo te gusta hacer, a una frase de Teilhard De Chardin: «el pasado me ha revelado la estructura del futuro» para referirme a la situación histórica y política de hoy. De ella se desprende –haciendo el esfuerzo de superar polémicas, incertidumbres y debilidades‒ que cada vez es más clara la necesidad de no perder de vista las razones que dieron origen a la democracia italiana: es decir, el diseño y la metodología en los que se basó toda su construcción.

El diseño sigue siendo el de una democracia pluralista estructurada en círculos concéntricos que, con la familia como bisagra, se va ensanchando para abarcar a comunidades más amplias, hasta llegar a la internacional. La metodología me parece igualmente esencial: el diálogo entre todas las partes que ayudaron a derrocar el fascismo, el cual –como todo autoritarismo‒ desembocó inevitablemente en la furia devastadora de la guerra. 

He evocado este momento esencial de la vida política italiana por el papel igualmente esencial que jugó Democracia Cristiana, punto de referencia para los hombres libres y generosos y todavía hoy eje de la estabilidad democrática del país, y porque, al haber cambiado las condiciones, en muchos sentidos para bien, hay que retomar aquel proyecto con el mismo espíritu que movió a los constituyentes y con esa integridad intelectual y moral que a ti nunca te ha faltado. 

La visión solidaria, necesaria y unificadora, en las antípodas del desenfrenado y mistificador individualismo pseudolibertario, nos impone a todos que volvamos con tenacidad a los valores en los que se basó el compromiso de los católicos que militan en la vida pública, porque ahora son más válidos que nunca.

Por eso te pido que, en esta batalla tan importante para la democracia italiana, aceptes estar una vez más a nuestro lado. 

Necesitamos tu presencia en Florencia como cabeza de lista de DC y en la circunscripción de Montevarchi para el Senado.

Estoy seguro de que aceptarás esta invitación y te lo agradezco por adelantado en nombre mío y de la Dirección de DC. 

Muy cordialmente, tuyo,

Benigno Zaccagnini

 

Roma, 15 de mayo de 1976



Querido Zaccagnini:

Sí, éste no es momento para debilidades e incertidumbres, es momento para poner el valor en manos de la inteligencia vivificadora y de la reflexión atenta y constructiva. La polémica sólo produce, en todas partes, esterilidad y amargura, estoy de acuerdo contigo.

Me invitas a retomar el proyecto de la casa común que nosotros, los que formamos parte de la Asamblea Constituyente, concebimos con una arquitectura armoniosa y, en cierto sentido, única y original. 

¿Qué hacer? Esa es la pregunta que me planteo. La petición que me haces, en nombre de la Dirección central también, requiere un compromiso extremo y, como es natural, preferiría que continuaran otros la obra emprendida. Sabes, en Florencia está el campanario de Giotto, que no se construyó en un día, sino que él lo diseñó y luego la obra pasó a ser de Andrea Pisano y Francesco Talenti. Pero tú me pides que me una al esfuerzo colectivo por retomar el «proyecto» que está incompleto, no porque haya sufrido los estragos del tiempo, sino porque la construcción está incompleta, a dos niveles: el de la comunidad nacional y el de la comunidad internacional. 

Para la comunidad italiana, una de las conquistas de la Constitución republicana fue la de garantizar los derechos esenciales de la persona, pero junto con ellos se consideró igualmente esencial la introducción y la tutela en el nuevo estado democrático de los derechos sociales, sin los cuales la libertad misma de la persona no habría estado suficientemente garantizada. 

Esta arquitectura orgánica es visible en la Constitución: el derecho a la iniciativa económica no puede ejercerse en conflicto con su utilidad social (art. 41); la finalidad del derecho a la propiedad privada es su función social (art. 42); la estructura de las empresas está orientada hacia la participación (art. 46). 

La introducción de los derechos sociales en el sistema de los derechos esenciales de la persona comportaba un cambio en el espíritu de los constituyentes, muy especialmente en el de su parte católica. Y éste era la aceptación estructural del ordenamiento jurídico-económico, no sólo en total oposición al fascista, sino como superación de la concepción liberal burguesa: porque en un estado de capitalismo avanzado, confiarse únicamente a las leyes de la libre competencia y del mercado habría significado la creación de monopolios que de hecho limitan y discriminan la igualdad y las libertades. Luego libertad para todos sí, pero también trabajo para todos, hospitales, casas, escuelas, etc. 

Ahora bien, a pesar de los progresos conseguidos, y que son evidentes, no olvidemos que «lo que espera la pobre gente» no ha sido correspondido debidamente y hoy tenemos una obligación política (que es también moral) aun mayor de sacar provecho de todas esas energías espirituales, humanas e intelectuales para que esos valores a los que te remites y que han sido y son el legado de nuestro compromiso político no sean desatendidos. 

Tenemos que devolverles a quienes, aunque haya sido con sufrimiento, creen haber encontrado certezas fáciles, a las nuevas generaciones, la confianza en que nosotros nos esforzaremos por ser una realidad que luche cada día para que aumenten las condiciones de plena justicia, de trabajo activo y de hermandad, desde la salvaguardia puntual de toda expresión plena del pluralismo político, cultural y civil. 

También estoy de acuerdo contigo en lo de que esta batalla es «tan importante para la democracia italiana». Desde el respeto más absoluto hacia las demás convicciones, comprometámonos para que cada uno vuelva a descubrir hasta el fondo las raíces de su propia identidad. Así sabremos evitar todo peligro de volver a poner en tela de juicio la «paz religiosa», uno de los puntos que siempre fue tenido en cuenta conscientemente por los constituyentes italianos. 

En lo que respecta a la comunidad internacional, los pasos dados en la dirección de aquel «proyecto» han sido extremadamente significativos, si bien arduos por las muchas piedras encontradas en el camino. 

Se va reforzando cada vez más la convicción de que la guerra no puede seguir siendo un medio para dirimir los conflictos internacionales («O la metástrofe o la catástrofe», como dice Jean Guitton) y de que, con vistas a una nueva coexistencia, la contraposición entre bloques tiene que ceder el paso a la superación de las viejas concepciones según las cuales el equilibrio se funda en el terror. 

Las bases de esa coexistencia empiezan a cobrar forma en el Acto de Helsinki –un auténtico prototipo de la nueva «carta de navegación» de los pueblos‒ e indican a la humanidad su irreversible camino. 

Pero nuestro compromiso tiene por delante otros logros esenciales: la construcción real de la paz y por lo tanto el desarme general y completo, la liberación y el progreso fundado en la justicia. 

En los dos órdenes, el nacional y el internacional, la metodología a seguir es la «construcción de puentes», el diálogo, que tú has indicado con toda la razón. Luego reemprendamos el gran proyecto de la «casa común». 

Contra toda pillería y miopía, midámonos con los problemas concretos de cada día sin perder nunca de vista las metas espirituales y civiles a los que todo pueblo tiene derecho a aspirar: recuperando a nuestra vez aquel optimismo que nos brinda la concepción cristiana de la vida, obrando con total lealtad y espíritu de servicio por el bien de nuestro país y del mundo entero. 

«Spes contra spem» sigue siendo el lema que debe guiar nuestra acción política. 

Tuyo, con todo mi cariño,

Giorgio La Pira


Florencia, 24 de mayo de 1976