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El valor de las ciudades

 

Señor presidente, señores expertos, cuando tuvieron la amabilidad de invitarme a esta sesión del Comité Internacional de la Cruz Roja, en un primer momento me sentí indeciso: ¿aceptar o no?

Pensaba: ¿con qué derecho puedo participar yo legítimamente en la reunión de un comité de expertos que desempeña una tarea tan definida ya por la técnica del derecho internacional y por la técnica asistencial y militar?

Mas mi indecisión desapareció en cuanto usted, Excelencia, tuvo la bondad de recordarme que soy el alcalde de una ciudad –Florencia‒ que cumple ciertamente una función elevada y fundamental en todo el conjunto de la civilización humana, una ciudad que todavía lleva las señales de las heridas que nunca podrán cicatrizar y que le fueron infligidas inútilmente –y con ella a toda la civilización humana‒ durante la II Guerra Mundial. 

Su llamada, Excelencia, por un lado en relación con el trabajo de este comité y por el otro con ciertas experiencias de destrucción recientes, no podía dejar de plantear algunos aspectos, ciertamente muy dramáticos, de los problemas de la historia actual. Es decir, el problema del valor histórico de las ciudades y el problema, correlativo, de las responsabilidades históricas que están relacionadas estructuralmente con el valor y el destino de estas ciudades. 

Su invitación, Excelencia, provocó en mí el efecto que la terminología ascética define como composición de lugar: es decir, volví a ver con la fantasía mi dulce, compuesta y armoniosa Florencia; volví a ver, como en un golpe de vista, junto con las ciudades señoriales e históricas, nuestras pequeñas ciudades de Toscana, de Italia; deslicé la mirada hacia todas las incomparables ciudades de Europa ‒plagadas de catedrales y de monumentos de inestimable valor‒, auténticos reflejos de la eternidad a lo largo del tiempo; pasé, con la imaginación, de las ciudades de Europa a las igualmente preciadas de los demás continentes (América, Asia, Australia, África) y me pregunté, atenazado por el horror: ¿se puede concebir que estas auténticas riquezas de las naciones, estas estructuras esenciales de la civilización humana –estructuras en las que encuentran su expresión los valores históricos y creativos del hombre y, en cierto sentido, los mismos valores históricos y creativos de Dios‒, puedan ser radicalmente borradas de la faz de la tierra?

En realidad, ahora ya está probado inequivocablemente que esta devastación total de las ciudades del hombre es posible: de hecho, algunas bombas de hidrógeno dejadas caer sobre determinados puntos del globo terrestre pueden reducir la tierra a un desierto… ¡transivi et ecce non erat! Las palabras del Evangelio que algún crítico había considerado como una expresión del fanatismo religioso, hoy se convierten casi en teoremas de física nuclear, de ciencia y de práctica militar: «Cuando hayan pasado los sufrimientos de aquellos días, el sol se oscurecerá y la luna perderá su brillo; las estrellas caerán del cielo y las fuerzas celestes se estremecerán» (Mc 13:24). 

Tras esta «composición de lugar» mi decisión no podía ser más que una: venir. 

Pero, ¿a título de qué? Desde luego no en calidad de experto de problemas de técnica jurídica internacional y tampoco de técnica sanitaria, asistencial o militar; sino sólo en calidad de alcalde y de responsable, en un cierto sentido, de una de las ciudades más esenciales del mundo. Y también como quien tácitamente representa y asume la responsabilidad de cara a todas las ciudades de la tierra, grandes y pequeñas, históricas o no, artísticas o no, ¡de todos los continentes y de todos los puntos de la tierra!

 

Excelencia, señores, ese es el título que legitima mi presencia. Presente, pero, ¿para decir qué? ¿Para traer qué mensaje? La respuesta es categórica: mi dulce y armoniosa Florencia creada, en un cierto sentido, tanto para el hombre como para Dios, para ser como la ciudad sobre la montaña, luz y consuelo en el camino de los hombres, ¡no quiere ser destruida! 

Esta misma voluntad de vida es afirmada, junto con Florencia –gracias a una misión tácitamente confiada al alcalde de la capital toscana‒, por todas las ciudades de la tierra. Ciudades, repito, capitales y no capitales; grandes o pequeñas, históricas o de tradición reciente, artísticas y no: todas, indistintamente. Estas reivindican unánimemente su inviolable derecho a existir: nadie tiene el derecho de destruirlas, por el motivo que sea.

 

Y permítanme, señor presidente y señores expertos, algunas consideraciones breves. 

Cuando digo que todas las ciudades del mundo, ante el peligro real de una condena a muerte, proclaman unánimemente su inviolable derecho a existir, no es por retórica o nominalismo: es decir, no me sirvo de palabras o imágenes que no se corresponden con una sólida realidad. 

No, yo me sirvo de palabras y de imágenes para expresar una realidad sólida, si bien no claramente perceptible. 

Las ciudades tienen una vida propia y son autónomas, misteriosas y profundas: tienen un aspecto característico y, por así decir, un espíritu y un destino propios. No son montones de piedra ocasionales sino las misteriosas moradas de los hombres, y yo diría aún más, en cierta manera son las misteriosas moradas de Dios: gloria Domini in te videbitur. 

No por nada el puerto final de la navegación histórica de los hombres exhibe, en las riberas de la eternidad, las estructuras cuadradas y las preciadas murallas de una ciudad santa: ¡la ciudad de Dios! Ierusalem quae aedificatur ut civitas cuius partecipatio eius in idipsum, dice el salmista. 

La revelación del Antiguo y del Nuevo Testamento –y, en general, todas las mayores tradiciones religiosas de la humanidad‒ nos asegura que al igual que cada uno de los hombres goza de la protección angélica, lo mismo ocurre con cada una de las ciudades.

Nuestra insensibilidad hacia estos valores fundamentales que ‒de manera invisible pero no menos real‒ determinan el peso y la suerte de las cosas de los hombres, ha hecho que perdamos la percepción del misterio de las ciudades. Y sin embargo este misterio existe, y justo hoy –en este momento tan decisivo de la historia humana‒ se manifiesta a través de señales que se revelan cada vez más significativas y que llaman a la responsabilidad de cada uno y de todos. 

 

Señor presidente, señores expertos, el hecho que está teniendo lugar ante nuestros ojos es incontestable, un hecho que tiene un valor histórico y sintomático sin duda excepcional: ha llegado, por así decir, la época histórica de las ciudades, la época histórica cuya noción, cuya figura y cuyo nombre se derivan de la cultura de las ciudades. 

Resulta superfluo citar la literatura indicativa de este hecho esencial; no se trata sólo de literatura urbanística (a este respecto me limitaré a citar solamente el libro de Mumford), sino de literatura histórica, política, metafísica e incluso mística. 

Y existe un conjunto de hechos sintomáticos que se revela verdaderamente de mil maneras en las biografías, por así decir, de las ciudades. Es suficiente pensar en el fervor tan vivo que mueve –y aúna‒ a los Ayuntamientos de Europa; o en el interés creciente que suscitan las biografías de las ciudades más características (estoy leyendo una sobre la «Moscú santa» en el siglo XIX); o en las manifestaciones del pensamiento juvenil que se orienta justamente hacia la intuición del valor cultural y político de las ciudades.

Todo esto es innegable: la cultura y la metafísica de la ciudad se han convertido, de alguna manera, en el nuevo centro de orientación de toda la meditación humana. Estamos ante una nueva «medida» de los valores: la historia presente y aún más la futura se servirán cada vez más de este metro destinado a proporcionar la medida humana a la ya tan invertida escala de valores en su totalidad.

Pues bien, este momento de preeminencia de las ciudades al que hemos llegado se corresponde, por una misteriosa paradoja histórica, ¡precisamente con la época en que la destrucción simultánea de las ciudades esenciales puede llevarse a cabo en pocos segundos! No estamos en el campo de la fantasía, sino en la esfera de las cosas posibles, en pocas horas la civilización humana podría ser privada irremediablemente de Florencia y de todas las capitales del mundo.

Todos se preguntan: ¿qué sería del mundo sin estos centros esenciales, sin estas fuentes insustituibles, sin estos faros que reflejan la luz de la civilización?

Este es el problema fundamental de nuestros días, que es pertinente desde el punto de vista jurídico también. 

 

Este se plantea de la siguiente manera. ¿Los Estados tienen derecho a destruir las ciudades? ¿A acabar con estas «unidades vivientes» ‒verdaderos microcosmos en los que se concentran los valores esenciales de la historia pasada y verdaderos centros desde los que se transmiten los valores para la misma historia futura‒ que constituyen el tejido entero de la sociedad y de la civilización humanas?

La respuesta, en nuestra opinión, ¡tiene que ser negativa! ¡Las generaciones actuales no tienen derecho a destruir una riqueza que les ha sido confiada para las generaciones futuras! Se trata de bienes que proceden de las generaciones pasadas, y frente a los cuales las presentes desempeñan la labor jurídica del fiduciario: los destinatarios últimos de esta herencia son las generaciones posteriores (et hereditate acquirent eam, salmo 68). 

Nos encontramos ante un caso que los antiguos romanos definían como sustitución fideicomisaria, esto es, de un fideicomiso de familia destinado a perpetuar en el seno del grupo familiar la existencia de un determinado patrimonio. Ne domus alienaretur sed ut in familia relinqueretur (D. 31, 32, 6), dice Papiniano. 

He aquí una definición mordazmente clara de la posición jurídica de los Estados y de las actuales generaciones frente a las ciudades que les han sido transmitidas por las generaciones anteriores: ¡ne domus alienaretur sed ut in familia relinqueretur! 

Nadie tiene derecho a destruirlas: tenemos que conservarlas, integrarlas y volver a transmitirlas; no son nuestras, son de otros. Al afirmar esto, nos movemos estrictamente en la órbita de la justicia: neminem laedere suum unicuique tribuere. 

 

He venido para afirmar el derecho a existir de las ciudades humanas, un derecho del que somos titulares quienes pertenecemos a la generación presente, pero del que son aún más titulares los hombres de las generaciones futuras; un derecho cuyo valor histórico, social, político, cultural y religioso aumenta a medida que se aclara el significado misterioso y profundo de las ciudades en la meditación humana actual.

Cada ciudad es una fortaleza sobre la montaña, un candelabro destinado a alumbrar el camino de la historia. 

¡Nadie, sin cometer un crimen irreparable contra la familia humana por entero, puede condenar a muerte una ciudad!

Es por eso que yo pido, señor presidente y señores expertos, casi como si fuera un procurator de todas las ciudades sobre las que se cierne la amenaza espantosa de una condena semejante, que el derecho de las ciudades a existir sea reconocido formal y solidariamente por los Estados que tienen el poder de violarlo; pido, en nombre también de las generaciones futuras, que los bienes de los que son destinatarias no sean destruidos: ne civitas destruetur.

Y para que se pueda alcanzar este objetivo, pido que mientras tanto los Estados reconozcan que son responsables de los lugares y los sitios esenciales para la existencia misma de la civilización humana y que, como consecuencia, sean sustraídos a priori a cualquier amenaza mortal por acciones de guerra.

Gracias, señor presidente y señores expertos, por todo lo que hagan para traducir en términos estrictamente jurídicos la petición que presento: el problema, como verán, es realmente la magna quaestio de nuestro tiempo. Resolverlo en sentido positivo significa salvar a la humanidad entera de una ruina segura. 

¡Que Dios les ayude en esta obra tan determinante para la salvación de los hombres!

 

Ginebra, 12 de abril de 1954