El valor de las ciudades

Este es el famoso discurso que La Pira hizo a la Asamblea de la Cruz Roja Internacional a Ginebra en 1954: las ciudades del mundo reivindican unánimemente su inviolable derecho a existir: nadie tiene el derecho de destruirlas, por el motivo que sea.

 

 

[…] mi dulce y armoniosa Florencia creada, en un cierto sentido, tanto para el hombre como para Dios, para ser como la ciudad sobre la montaña, luz y consuelo en el camino de los hombres, ¡no quiere ser destruida! 

Esta misma voluntad de vida es afirmada, junto con Florencia –gracias a una misión tácitamente confiada al alcalde de la capital toscana‒, por todas las ciudades de la tierra. Ciudades, repito, capitales y no capitales; grandes o pequeñas, históricas o de tradición reciente, artísticas y no: todas, indistintamente. Estas reivindican unánimemente su inviolable derecho a existir: nadie tiene el derecho de destruirlas, por el motivo que sea.

[…] ¡Las generaciones actuales no tienen derecho a destruir una riqueza que les ha sido confiada para las generaciones futuras! Se trata de bienes que proceden de las generaciones pasadas, y frente a los cuales las presentes desempeñan la labor jurídica del fiduciario: los destinatarios últimos de esta herencia son las generaciones posteriores.

[…] He venido para afirmar el derecho a existir de las ciudades humanas, un derecho del que somos titulares quienes pertenecemos a la generación presente, pero del que son aún más titulares los hombres de las generaciones futuras; un derecho cuyo valor histórico, social, político, cultural y religioso aumenta a medida que se aclara el significado misterioso y profundo de las ciudades en la meditación humana actual.


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