El imperativo de la caridad


Toda la vida de La Pira atestigua una continua y concreta acción de caridad a favor de los más necesitados: piénsese en su compromiso con la Conferencia de San Vicente, en el papel central de la Misa de San Procolo en toda su actividad o en su gran amistad con don Facibeni.

No obstante, esta atención hacia las necesidades de los hermanos en dificultades debe llevar necesariamente al compromiso para eliminar las causas que determinan estas situaciones. La ética cristiana no atañe solamente a las relaciones individuales entre una persona y otra, sino también a los comportamientos sociales.

Este concepto no es una novedad o un descubrimiento. Pero lo cierto es que, al menos en Italia, no es hasta la posguerra cuando se va afirmando el concepto de moral social como corolario del mensaje evangélico: «Nuestro “plan” de santificación se ha trastocado: ¡creíamos que eran suficientes las murallas silenciosas de la oración! Creíamos que encerrados en la fortaleza interior de la plegaria podíamos sustraernos a los problemas que desconciertan al mundo; y en cambio no señor; aquí estamos, comprometidos con una realidad cuyas durezas son a veces invencibles … ¿Hemos comprendido realmente que la “perfección” individual no nos exime de la colectiva?», escribía La Pira en 1945.

«¡Hay que transformar la sociedad! … La vida interior no es suficiente; es preciso que esta vida se construya canales externos destinados a hacer que ésta circule en la ciudad del hombre ... Hay que dejar el huerto cerrado de la oración … Transformar las estructuras inadecuadas de la ciudad humana; reparar la casa del hombre que está en ruinas.»