El camino histórico

La historia es única; a pesar de las aparentes divisiones, hay un único nacimiento y una única desembocadura (véase el artículo Las nuevas generaciones y la navegación histórica del mundo); la historia es una trama de hechos y a través de la conexión entre estos acontecimientos es como se debe captar su sentido unitario y positivo: la aedificatio corporis Christi (véase la carta Teología de la historia). 

Las ciudades constituyen uno de los elementos fundamentales del desarrollo histórico porque tienen en sí mismas la capacidad de mantener vivo el testimonio del pasado y, al mismo tiempo, representan el ámbito en el que se desarrolla la persona; las ciudades ( Ver también página La ciudad) son realidades vivas. 

De manera similar, los pueblos son los miembros que conforman ese único cuerpo que tiene como finalidad la unidad de las gentes, la paz y la armonía entre los pueblos. Este sentido de la unidad se ve confirmado en la era moderna entre otras cosas por el progreso científico y técnico: en la era espacial y atómica se observa con claridad la continuidad entre lo infinitamente grande y lo inmensamente pequeño. La relación entre estas dos dimensiones subraya todavía más las sutiles interacciones que unen unos acontecimientos con otros. En este sentido, hoy en día los pueblos están en condiciones de sentirse más unidos para edificar el cuerpo de Cristo. Esta unidad del mundo presupone necesariamente la unidad de la Iglesia ( véase el artículo El encuentro de la Iglesia con los pueblos).

La Iglesia, especialmente con el concilio ha tomado conciencia plenamente de que está al servicio de la unidad humana. La perspectiva que tenemos por delante es la de la convergencia de los pueblos o de la catástrofe; estamos ante el «punto apocalíptico», la elección obligatoria.