Ecumenismo

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La Pira, mucho antes del Concilio Vaticano II, había desarrollado una profunda reflexión sobre el ecumenismo. Su pensamiento se movía en las dos direcciones distintas que más tarde se indicarían en el concilio: el diálogo interreligioso y el diálogo dentro de las Iglesias y de las comunidades cristianas. 

Los padres conciliares decidieron dedicar al diálogo dos documentos diferentes: la declaración Nostra Aetate (sobre las relaciones con los no cristianos) y el decreto Unitatis Redintegratio (sobre las Iglesias y las comunidades cristianas).

A partir de 1959, La Pira escribe una serie de cartas a los jefes de las comunidades cristianas no católicas del mundo entero. En ellas aflora con claridad su modelo de ecumenismo, elegido entre los diversos modelos de unidad posibles que estaban presentes en la teología católica de los años anteriores al concilio, y que es el de la oración. Este «método» será el que elegirá el concilio más tarde. 

Adquirieron un valor especial sus entrevistas sobre el tema del concilio con el patriarca y el metropolitano de Moscú, con el patriarca Atenágoras (que le envió, a través de La Pira, un significativo mensaje a Juan XXIII), con los patriarcas católicos y separados de El Cairo, de Alejandría y de Jerusalén y con la Iglesia ortodoxa griega de Rodas. 

Toda su visión del concilio está en clave ecuménica: unidad de las Iglesias, unidad del mundo . Esta es también su clave de lectura de la encíclica Mater et Magistra.

Es importante subrayar asimismo la cercanía y el diálogo de La Pira con el mundo judío y el musulmán. En los años 50 La Pira fundó en Florencia la asociación Amistad Judeocristiana, y se convirtió en promotor, junto con su amigo Louis Massignon, del diálogo con el islam.