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Desde Jerusalén la paz del mundo

 

 

[…] Las «tesis» religiosas, históricas y políticas que nos han guiado en esta peregrinación se pueden resumir en la tesis que durante estos años ha guiado siempre nuestra acción de paz: «la tesis de Isaías», o sea, la tesis –fundada en la revelación de Abraham y, por ello, plenamente fiel a la paz de Belén y a la paz del Corán‒ de la inevitabilidad de la paz universal, de la inevitabilidad del desarme (¡los arados en lugar de las armas!) y de la inevitable promoción cívica y espiritual de los pueblos de toda la tierra.

[…] Esta tesis adquiere un relieve especial en la Tierra Santa, plantea aquí de manera más dramática la inevitable pregunta: ¿por qué seguir con la guerra? ¿Por qué no encontrar una solución política a todos los problemas que separan todavía tan dolorosamente a árabes e israelíes? ¿Acaso estos pueblos no pertenecen a la misma familia de Abraham, y tienen, por ello, un destino religioso, histórico y político común (integrar espiritualmente el contexto científico y técnico de la nueva civilización) que se ha de concretar en la presente era científica del mundo? El Mediterráneo, a lo largo de cuyas riberas viven estos pueblos, ¿no puede volver a ser –¡es su destino!‒ un centro de atracción y de gravitación histórica, espiritual y política esencial para la historia nueva del mundo? ¿Por qué no empezar precisamente desde aquí, desde la Tierra Santa, la nueva historia de paz, de unidad y de civilización de los pueblos de toda la tierra? ¿Por qué no superar con un acto de fe –religioso e histórico, y por ello también político, en esta perspectiva mediterránea y mundial‒ todas las divisiones que rompen de manera todavía tan grave la unidad de la familia de Abraham, para empezar, precisamente desde aquí, ese inevitable movimiento de paz destinado a abrazar a todos los pueblos de la tierra y a edificar una era cualitativamente nueva (¡salto cualitativo!) en la historia del mundo?

¡Tener claros estos objetivos, ser conscientes del «punto» en el que se encuentra la navegación histórica del mundo, ser conscientes de la «misión» de los pueblos mediterráneos y volver a encontrarse en un nuevo Coloquio Mediterráneo para establecer juntos una «estrategia» destinada a influir de manera esencial en la historia nueva de los pueblos!

Esa es la esperanza y la sustancia de nuestra peregrinación. ¿Un sueño? ¿Una poesía? No, una perspectiva histórica inevitable. El camino de los pueblos hacia ella sólo puede verse retrasado (como ha hecho la tristísima guerra vietnamita que desde hace tantos años frena este camino); pero su avance es imparable. 

[…] Entonces todo adquiere una nueva dimensión. Si hay una «convergencia de destino histórico» para árabes e israelíes, entre todos los pueblos de la familia de Abraham que habitan el espacio mediterráneo (que es un espacio esencialmente europeo), todos los problemas que todavía siguen dividiendo pueden verse dándoles la vuelta: transformándolos en problemas que unifican en vez de problemas que dividen.

Si todo esto es cierto –y es cierto porque este es el sentido de la historia presente del mundo‒, ¿por qué insistir en creer en las soluciones militares, obstaculizando una vez más el encuentro, las negociaciones, la paz?

¿Por qué no «desafiar la historia» y ponerse en camino juntos para esta aventura nueva de la historia del mundo?

«Los pueblos de Abraham y la historia nueva del mundo»: ¡qué tema y de cuánta actualidad justo en este vuelco histórico! 

¡Qué lugar de relieve mundial ocupará cada vez más la ciudad de El Cairo en este futuro de amistad y de paz! Esta se convertirá cada vez más en una «ciudad clave» que abrirá, a través del Canal, las puertas de Oriente y las de Occidente; se convertirá cada vez más en la ciudad que unificará a toda la nación árabe; se convertirá cada vez más en la ciudad de encuentro entre el islam renovado (amigo del cristianismo) y la Iglesia del concilio; se convertirá cada vez más en la ciudad de encuentro entre las tres teologías monoteístas de la triple familia abrahámica; y será para la Iglesia la ciudad en la que esté más a la vista que en ningún otro sitio su unidad en el pluralismo tan cargado de valor religioso, espiritual y cultural de las Iglesias de Oriente y las de Occidente.

Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿sueño, fantasía, o se trata en cambio de la inevitable realidad histórica que seguirá a la pacificación de la Tierra Santa (que va desde Nazaret hasta El Cairo) y a la actividad compartida (histórica, espiritual, cultural, científica, técnica, política y económica) por la triple familia abrahámica?

Así que, ¿por qué aplazar aún más –inútilmente, perjudicialmente‒ el inicio de esta misión común al servicio de los pueblos de todo el mundo? ¿Por qué no darle al mundo presente una prueba del gran hecho que caracteriza la actual era histórica? Es decir: del hecho de que la guerra aun «local» no soluciona sino que agrava los problemas humanos; de que es una herramienta que ya está acabada para siempre, y de que sólo el acuerdo, las negociaciones, la edificación común, la acción y la misión comunes para la elevación común de todos los pueblos son las herramientas que la Providencia pone en manos de los hombres para construir una historia y una civilización nuevas. 

[…]

Derribar muros y construir puentes. El 20 de enero por la tarde (después de la entrevista con Nasser) vimos una escena en El Cairo que nos impresionó mucho: un equipo de operarios estaba derribando los muros que habían sido construidos delante de las puertas del hotel como sistema de defensa antiaérea. 

¡He aquí el inicio simbólico de la paz que llega!, dijimos. Y que llegue esta paz entre los dos hijos del mismo patriarca Abraham. No sólo será la paz entre los hijos de Abraham, sino también el arcoíris que anunciará para siempre, para el mundo entero, el final del diluvio (la guerra) y el principio definitivo de la nueva era histórica del mundo.

 

Giorgio La Pira

(de Note di Cultura n. º 36, febrero de 1968)