Cartas al Carmelo-Esperando el sabado sin vìsperas



 

                                   Reverenda Madre:

El Pentecostés nos deja el corazón dulcemente agitado; se reavivan en nuestro corazón y en nuestros labios las palabras de san Pablo: ¡coarctor e duobus; dissolvi et esse cum Christo... et anathema esse pro fratribus meis!

Estamos entre dos polos: ¡el Espíritu Santo que nos atrae dulcemente hacia los arrebatos suaves del Paraíso y las almas que nos empujan de nuevo hacia las orillas de la tierra para continuar con las labores de siembra y riego! ¿Qué camino elegiremos? Así, permanecemos inciertos ante la decisión: porque, ¿quién puede negar que en el fondo del alma hay un gemido de amor inextirpable que reclama la última y beatificante visión? El amor de las almas es grande: pero, ¿quién puede negar que Jesús también exultó de gozo cuando vio que su hora estaba cerca? Así es también para nosotros: sí, trabajamos con todo el corazón para arar el terreno que el Señor nos confía, pero de trecho a trecho nos vemos obligados a deponer el arado y a quedarnos estáticos mirando hacia el Cielo: ¡para nosotros también llegará la hora en que todo esfuerzo habrá terminado y estará abierta para siempre la puerta del Paraíso! El sábado sin vísperas, el día sin ocaso; qué júbilo y suave tristeza a la vez: ¡porque hasta que no llegue ese día habrá en nuestro corazón una vena de santa amargura, un sentido suavísimo de llanto que nos advierte de que todavía no se ha alcanzado la Patria y hay que seguir caminando y trabajando! Pero para nosotros caminar y trabajar por Jesús es una gran fiesta, ¿no es cierto? Qué importa si ello requiere otros sacrificios: toda nuestra vida es un único y perenne sacrificio, ¡y las mismas lágrimas tienen para nosotros un sabor que preanuncia los gustos y las alegrías del siglo futuro!

Madre dilecta, obremos con ánimo decidido mientras el Señor nos dé ocasión de hacerlo; ¡que con la mano finalmente puesta en la mano virginal de la Madre sea dulce nuestro caminar con el corazón colmado de deseo! Esto nos pide el Señor: este esfuerzo amoroso de elevación, esta demanda siempre renovada de amor y sacrificio; Él se complace con nuestra petición filial: quiere que le robemos las gracias de las que dispone sin medida; es Su voluntad y deseo ofrecer a las almas que tienen voluntad y deseo de recibir. Si encuentra nuestros corazones despojados de todo y deseosos de Él, entonces no faltarán sus dones y vendrá Él mismo, y toda la adorable Trinidad se aposentarà en nuestro corazòn: y lo vermeos a El y nos detendremos a su lado!

Digale a las invisibles pero verdaderas hermanas que el Senor me ha dado que no hay cosa màs dulce aunque a menudo tambien dolorosa que entragar el corazòn por entero al Espíritu de Amor! ¡Y entregarse por entero significa no tener ya ni una sola palpitación vital que no sea para el Señor! Todo júbilo y toda perfección consisten en este desarraigo de las criaturas: el amor es siempre totalitario, no comporta particiones; ¿qué decir del Amor por esencia, de ese Dios que es indeciblemente celoso de poseernos por entero? Tiene todo el derecho: si Él se entregó sin reservas, ¿cómo no vamos a hacer nosotros lo mismo? He aquí toda la perfección: gozar y sufrir por amor; ¡y todo ello en espera de esa alegría perenne que está siempre tan cerca!

Así pues, corramos veloces hacia el Cielo: saquemos de nuestro corazón todas las energías que podamos y pongámoslas al servicio del amor; el amor es ardiente, decidido, alegre, generoso; el amor lo puede todo, es audaz; ¡tiende irresistiblemente a ese abrazo que hace de la criatura y del creador una sola e inescindible unidad! Unum.

Es esa nuestra tendencia, esa la pasión que nos consume: fuerzas ordenadas y fuerzas que tenderían al desorden; todo debe emplearse con decisión para llevar a cabo esta empresa bendita: al final del camino, sobre la cima del monte, ¡el Paraíso entero nos aguarda festejante! 

Suyo en el Señor,

La Pira