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Cartas al Carmelo: Amarlo y hacer que lo amen sin límites


 


Pascua (16 de abril) de 1933


Reverenda Madre:

Me ha llegado el libro y les estoy muy agradecido a usted y a la Rda. Madre Priora por su entrañable obsequio. ¡Leyendo estas páginas tendré ocasión de volver a sentir en el mío las palpitaciones de un corazón que se ha consumido de ternura por amor hacia Dios!

¡Qué hermoso es y cuánto consuela este espectáculo de almas que, al amar, anticipan en la tierra los suaves misterios de la eternidad! He aquí el fuego que Jesús ha venido a traernos: arder en todo fuego que es también luz y que comunica a los hombres los primeros reflejos de la belleza infinita de Dios. Con este calor y esta luz, rebosantes de esta vida divina, ¡qué celeste se vuelve la morada terrenal! ¿Acaso aquí abajo no se abren constantemente ventanas misteriosas a través de las cuales pasa iluminadora la luz del Sol Divino?

Cuánta verdad hay en la palabra tan suave de Jesús: bienaventurados los puros de corazón porque ellos verán a Dios; y esta no es la visión final de la Patria celeste, sino una visión que hace que las almas apasionadas sean bienaventuradas sobre la tierra.

Tengo que decirle una cosa: conozco a un grupo de jóvenes estudiantes (más de 30, entre universitarios y de secundaria) unidos a Jesús de una manera muy especial (hacen voto de castidad, comulgan cotidianamente, etc.): Jesús ama a estas criaturas de forma especial (¿recuerda aquella mirada tan dulce de Jesús hacia el joven rico?) y desea que se conviertan en los lirios de su celeste jardín: un jardín sin setos, porque está en medio del mundo sin protección externa de ningún tipo. Pues bien, usted debería rezar y hacer que recen estos hijos dilectos del Corazón de Jesús, rezar para que puedan seguir lamentándose cada día con la lamentación sagrada que ya no da sosiego a las almas:¡vulnerasti cor meum! Se trata de hacer que se apasionen hasta la plenitud de la unidad consumada. Invoque con gemidos suaves la lluvia del fuego divino de Jesús: pídale a María que las bellezas eternas adornen a las almas casadas con Dios para el convite celeste; sea audaz al pedir: ciertamente Jesús le contentará. Si hace esto le aseguro que alegrará el Corazón de Jesús. ¡Y cuánto bien esparcirá por el mundo! ¿Estamos de acuerdo entonces?

Perdone si le hablo así, pero créame: me conmueve tanto la belleza divina que veo aflorar en estas criaturas que realmente no puedo dejar de invocar ayuda de todas las maneras: ayuda para que estas corolas sagradas sean siempre translúcidas como estrellas luminosas en el firmamento celeste. 

¿No es esta la más celeste caridad? O mejor dicho, ¿no es esta la caridad? Ut dilectio qua dilexisti me in ipsis sit et Ego in ipsis. 

Una última cosa: yo no soy sacerdote, como usted ha supuesto. ¡Jesús no ha querido eso de mí! Soy sólo un joven al que Jesús ha concedido una gran gracia: el deseo de amarlo y hacer que lo amen sin límites.

Suyo en el Señor,

La Pira