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Aquella Pascua de 1924

Messina, septiembre de 1931


Mi muy querido Totò:

¿Por qué no dejar una «señal» de un día tan misteriosamente hermoso para tu alma? Es la trama de la bondad divina que poco a poco va desvelando sus nexos de misericordia y caridad. ¡La voz suave de Jesucristo ha herido tu corazón y a tu alma se le ha aparecido ahora ya, con sus líneas divinamente armoniosas, el horizonte del reino eterno! ¡Qué riqueza de resonancias puras y virginales la de la Casa Paterna!

Ahora tu alma se asoma, casi diría que con un sentimiento de maravilla, desde terrazas nuevas que ofrecen ante sí el espectáculo consolador de la celeste Jerusalén. 

Mientras desde la habitación de P. Padua admirábamos el cerco risueño de nuestras colinas, ciertamente nuestras almas pensaban en visiones de belleza suprema. Per visibilia ad invisibilia: aquellas alturas, aquel azul, nos hacían volver a alturas y luces que sólo el alma conoce y que conducen a la vida y a la frescura de las aguas beneficiosas. 

Querido Totò, qué misterio este del injerto de la vida divina en la humana. Nuestro Señor lo dijo: yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Pues bien, ¿qué es este íntimo florecer de cosas celestes si no la acción sentida de la savia divina? Es la gracia que desciende de nuevo desde el Corazón divino de Jesucristo, a través de María y avivada por la circulación de la Comunión de los Santos, a nuestro corazón necesitado de agua divina. 

¿Qué es este gorgoteo de fuentes sagradas en nosotros, este rocío regocijador, si no la experiencia de Dios en nosotros y como el toque del Espíritu vivificador? Es la señal infalible del renacimiento, lo que decía Jesús a Nicodemo: nadie puede entrar en el reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu.

Estas impresiones íntimas de inocencia reconquistada –tu alma tiene hoy el candor bautismal‒ permanecerán en tu corazón para toda la vida como señales luminosas que te orientarán en los momentos de borrasca. Ahora quisiera decirte una cosa que no he querido decirte por un cierto sentido de delicadeza, casi para no fatigar tu corazón. ¿Por qué no completar este gozoso renacimiento en Dios? ¿Por qué no recibir en tu alma a ese Dios sacramentado que por amor se ha escondido bajo la forma del pan? Qué inefable dulzura, créetelo, para las almas que con fe y deseo se acercan a la sagrada comunión: es un nuevo amanecer de la vida. Yo nunca me olvidaré de aquella Pascua de 1924, cuando recibí a Jesús en la Eucaristía: volví a sentir que circulaba por mis venas una inocencia tan plena  que no podía contener el canto y la felicidad desmesurada.

Esta es mi invitación, que es la invitación de Jesús y de la Virgen: si tú quisieras, mañana de buena mañana (a las 6 o las 7), podríamos ir juntos a la iglesia del Santissimo Salvatore –cerca de mi casa, donde los salesianos‒ y acercarnos a la mesa celeste. El pan divino que recibiremos será el cemento sacro que nos unirá. San Agustín exclama, hablando de la Eucaristía: o vinculum unitatis! Y santo Tomás: o sacrum convivium, in quo Christus sumitur, recolitur memoria passionis eius, mens impletur gratia et futurae gloriae nobis pignus datur!

Si aceptas, prepárate desde esta noche con deseo, y mañana por la mañana, cuando te levantes, llena de gloria y de cantos tu corazón, para que cuando Jesús venga a tomar posesión aun de la parte física de tu ser encuentre en tu alma esa pureza de las cimas que hace del alma en gracia un espectáculo de alegría para los ángeles y para los hombres.

Spectaculum Angelis et hominibus. Perdona, querido Totò, si el afecto me empuja a pedirle más y más a tu alma, pero estoy seguro de que se abrirá una página nueva en el libro de tu historia íntima. 

Te abraza con afecto infinito en Jesucristo,

Giorgio


Puedes venir a las 7, me encontrarás en la iglesia (o a las 7:30 también, pero procura a las 7).